1999: Cuando el futuro era una pregunta

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS FRANCO GIORDA

 

 

En la jerga cinéfila se puso de moda denominar «coming of age» a aquellas películas en las que el o la protagonista atraviesa el tránsito hacia la adolescencia, la juventud o la adultez. La traducción podría aproximarse a expresiones como «alcanzar la mayoría de edad», «madurar» o «crecer». Más allá de las variantes traducciones al castellano de esa expresión en inglés, lo que aquí se quiere señalar es que la novela 1999 (Azogue, 2025), del escritor santafesino Francisco Bitar, es una suerte de «coming of age» literario. Precisamente el nudo de su obra está en ese pasaje turbulento que experimenta el protagonista entre los 18 años y el abismo que se abre hacia adelante.

Ese tránsito está fechado, justamente, en el último año del siglo XX en una notable coincidencia entre el cambio de piel individual y el final de un milenio para la humanidad. El narrador se encuentra ante el umbral que separa el fin de la adolescencia de la definición sobre qué hacer, de allí en más, con su vida.

Las derivas existenciales del protagonista transcurren entre Santa Fe y Rosario. Las ciudades aparecen, más bien, como un marco espectral para sus parlamentos. La definición de los vínculos, la honestidad consigo mismo y con los demás, las dudas, las inseguridades, las amistades y el amor ocupan el centro de un espíritu que deambula por la urbe, hundido en la pregunta sobre cómo seguir.

Estos divagues existenciales y urbanos son recordados por el propio narrador más de 20 años después de transcurridos los hechos, cuando ya tiene más de 40 a partir de notas sobre su vida pasada. La evocación no se agota en lo personal: el relato condensa el sentir generacional de un sector que, en aquel momento, se contrarió, buscó y decidió, para bien o para mal, cómo vivir tras la adolescencia. En ese proceso se inscribe la confrontación con los mandatos, la búsqueda de una identidad y los llamados del amor.

La novela avanza bajo la forma de un diálogo, pero nunca se devela quién es el interlocutor del personaje protagónico. En la contratapa, Luciano Mete ensaya una hipótesis sobre ese otro: «la voz de la conciencia (la voz del narrador) tiene una conversación con alguien, quizá nosotros como lectores». También podría pensarse en la figura de un analista como destinatario de esos recuerdos actualizados. En cualquier caso, el texto deja abierta la identidad de esa segunda voz e invita a cada lector o lectora a completar la escena de la conversación.

Sin añoranza ni conmiseración, más bien con la perspectiva que otorga el tiempo, 1999 vuelve sobre ese año como una frontera. La casualidad del fin de siglo y la bisagra biográfica ponen en sintonía el propio pasaje hacia la intemperie de la adultez y la nueva era. Los anhelos se entrelazan con los olvidos y configuran una huella persistente en el camino vital.

 

 

 

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