Una fiesta infernal

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS STEFANÍA DE LA FUENTE

 

 

La reciente Fiesta Nacional del Mate marcó un hito tanto en las 35 ediciones que lleva de trayectoria como en la historia misma de la ciudad. Locales y visitantes, que concurrieron masivamente, se congregaron durante dos noches seguidas en la plaza de las Colectividades, las barrancas y zonas aledañas, para encontrarse con sus artistas.  

En la siguiente crónica, Stefanía de la Fuente Lucca cuenta los momentos más destacados de ambas jornadas y describe el color propio de esta festividad organizada por la Municipalidad de Paraná.

 

 

Día 1: Cuando algo está vivo no se queda quieto

Es viernes y el cielo está algo nublado. Parece que va a llover, pero Paraná ya tiene planes y no piensa cancelar a último momento, porque hace meses se prepara para esta cita. Camino hacia la costanera, lugar del encuentro, se ve que la invitación llegó a muchos: grupos de amigos, familias, algunos solitarios. Todos bajan la barranca con mates y reposeras, en modelos y colores tan diversos como el público convocado.

Pese al tono gris que tiñe el paisaje, el calor no cesa y descender los 170 escalones de la «Escalera de la Diversidad» se siente en el cuerpo. Hay quienes no lo logran y se acomodan en las terrazas naturales que convierten a la barranca en un anfiteatro improvisado. Lona y tereré para algunos; reposera y mate amargo para otros; algo de comida para compartir y hacer más llevadera la espera. Sobre la Plaza de las Colectividades, un gran escenario apunta río arriba y, vestido de verde y rosado, anuncia que se llegó a la meta: «35ª Fiesta Nacional del Mate».

 

 

Hacia la derecha, el festival se despliega. Hay pantallas que replican lo que sucede en el escenario principal, llamado Luis «Pacha» Rodríguez, en recuerdo de uno de los impulsores de la festividad. También se levantan pequeñas carpas blancas, atendidas por integrantes de más de 44 clubes locales, que conforman un patio gastronómico y serán sustento para instituciones de los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Sobre calle Federico Ascúa, y mirando al Paraná, un pequeño escenario invita a las infancias a ser parte de su propio «Matecito». Allí, el grupo de música infantil Las Tutucas ensaya sus canciones antes de dar comienzo al show.

Al llegar a Sala Mayo, la oferta se amplía. A la izquierda, un gazebo anticipa el tradicional concurso de cebadores de mate; en las alas del predio, feriantes ofrecen insumos característicos. En la Casa de la Costa, un espacio convoca a amantes del arte y las palabras, con libros, poemas y la posibilidad de ser parte de nuevas producciones. Finalmente, donde termina la costanera y el río se curva hacia el puerto, se emplaza el tercer escenario, «Pariente del Mar», dedicado a jóvenes artistas locales como el grupo Pequeños Seres que ya tienen su renombre en la escena local. El agua está a punto, no pela la lengua ni hace doler la panza, todo está en marcha para la primera jornada de la trigésima quinta Fiesta del Mate, un evento con historia vecinal y ahora proyección nacional. Una llovizna calma el calor y le da la bienvenida a la noche, nadie se mueve de su lugar: hoy en el «Pacha» Rodríguez canta Raly Barrionuevo para que el público zapatee y bambolee, bailan los Tupaná, el sonido local lo pone el Gran Ensamble del Paraná y Yunta Mambo, Coti trae sus clásicos radiales y Los Nocheros se sirven de la luna para cantarle al amor.

 

 

La coyuntura social, política y ambiental no pasó desapercibida. A la izquierda del escenario, una gran pancarta advertía: «De los glaciares al río, el agua vale más que todo». Sostenían esta consigna activistas paranaenses que llevaron el reclamo por la soberanía del río Paraná hasta la mirada de los artistas y de los televidentes en esta noche de festival. Coti Sorokin se hizo eco de este llamado y, además de dedicar unos minutos de su show a la defensa de la cultura y de los artistas, proclamó: «Nos aman por nuestra cultura, no por nuestros políticos. No por chuparle las medias a ningún patotero del norte. Fuck Trump», y agregó: «Sin agua no hay mate, hay que defender la Ley de Glaciares», dejando en claro su posición frente a los embates del gobierno nacional. Por su parte, el santiagueño Raly Barrionuevo llevó su piano blanco al escenario entrerriano. Sobre la madera del instrumento, calcomanías exhibían mensajes como «El agua vale más que el oro», «¡Ley de Humedales!», «Salvemos el río Uruguay» y «Yo digo no a la mina». Sin embargo, de su boca no salió ninguna reflexión al respecto, a pesar de que activistas levantaban carteles y gritaban pidiéndole que se pronunciara. Pero la representación local no faltó y el mensaje se hizo oir: como invitado del Gran Ensamble del Paraná, Carlos «Negro» Aguirre lució una remera verde con la inscripción «No a la hidrovía» en el pecho y, en la espalda, «El Paraná no se toca». Detalle que no puede pasar inadvertido y que reivindica la importancia de que artistas locales sean parte de los grandes espectáculos.

 

 

 

Día 2: No voy a cambiar por mucho que ladren

La ciudad se acostó de madrugada y durmió poco, pero quiere más. Se siente en el aire: hay un fuego encendiéndose. Sobradas veces hemos escuchado a foráneos decir que el calor húmedo del litoral es infernal, pero esta vez es el marco que acompaña la llegada de colectivos, combis y autos que cruzaron provincias para ser parte de esta jornada y disfrutar del show que cerrará el segundo día de la Fiesta Nacional del Mate y que promete deslumbrar. «No vayas a atender cuando el demonio llama», advierten grupos de jóvenes que comienzan a llegar a la costanera durante la mañana del sábado.

Cerca de las tres de la tarde, la Plaza de las Colectividades parece una postal marplatense. Las «puertas» del festival abren a las 18:30, pero el lugar ya está repleto de reposeras y paraguas, de cuerpos en fila, acurrucados en la poquísima sombra disponible, esperando para entrar. En las inmediaciones se despliegan mantas con remeras, pañuelos, coronas de flores y gorros: una infinidad de artículos y un solo nombre, Lali.

Matías tiene trece años y está acompañado por Sara, de dieciséis. En sus manos, un gran paraguas bordó los cubre del sol y, en sus muñecas, una pulsera da cuenta de que esperan ingresar al «sector preferencial», un espacio con entrada paga que permite estar más cerca del escenario principal. Son de Paraná y cuentan que es la primera vez que van a ver a Lali en vivo; esperan pasarla bien y no desmayarse de calor.

Más adelante está Aldana. Es de Concordia, pero viajó desde Rosario, donde vive, para ver a Lali por duodécima vez en su vida. Para ella, Lali es importante no solo por su música, sino porque acompañó distintas etapas de un crecimiento que siente compartido. «El trabajo que ella pone para prepararse para todos los estadios, es el trabajo que yo también pongo», dice. Aldana es médica y cuenta que hace guardias y horas extra para poder viajar a verla. Además, tiene un vlog dedicado a su popstar favorita porque quiere que nuevas fans tengan la posibilidad de viajar, aunque sea virtualmente, con ella.

 

 

Mariana Espósito, Lali, comenzó su carrera como actriz siendo una niña en programas infantiles y mantiene una vigencia que se renueva año tras año, tanto en el plano actoral como en el musical. Sus contemporáneos, aquellos chicos que la siguen desde que era Malena/Coco en la telenovela Rincón de Luz en 2003, la sienten cercana, accesible, como una par. Pero lo cierto es que hoy es una figura masiva, plantada y también controversial. Por eso, Magalí, que llegó desde Gualeguay, no escatima en halagos. Dice que, más allá de la música, Lali ha sido una referente política para ella y que «da la cara con temas con los que muchos no se animan». También es la primera vez que va a verla en vivo y se abanica fervientemente mientras espera que llegue la noche.

Entre tambores, burbujas y colores, «Corriendo el Matecito» funciona como el flautista de Hamelín y, en una alegre procesión, convoca a la gurisada a jugar. Los grupos de cebadores, bajo el gazebo, inclinan el mate, mojan la yerba y se disponen a ser evaluados en tres sorbos que determinen quiénes hacen el mejor mate, un título que será reconocido ante el público en el escenario principal.

 

 

A las ocho de la noche la barranca ya no se ve, donde antes había pasto ahora solo hay gente y una infinidad de carteles escritos a mano que buscan distinguirse entre la multitud para mandarles un mensaje a sus ídolos. En las tablas suena Gauchito Club, un dúo mendocino que fusiona indie, hip hop y rock; luego llega Rombai, con la figura de Fernando Vázquez, a quien muchos grupos le dedican un «te amo» con gritos que salen directo de la garganta. Los Caballeros de la Quema interpretan clásicos como Sapo de otro pozo y Avanti Morocha para una generación de rockeras y rockeros que corean sus canciones, muchos ahora en el rol de padres. Así lo afirmó Iván Noble, voz de la banda, cuando señaló: «El 70% de la gente que está acá no había nacido (la última vez que se presentaron en Paraná), ahora vinieron sus padres», mostrando también el espíritu de encuentro generacional que tuvo esta edición de la Fiesta Nacional del Mate en sus dos jornadas, la decisión de construir un espacio para personas de 0 a 100 años y «para todos los gustos».

 

 

Llegó el momento: el teléfono está sonando y todos saben qué hacer. Las luces se apagan, la gente grita, los músicos entran y, en el centro, aparece su figura sobre unas escaleras, vestida con pollera, borcegos largos, un gorro de plato y un pequeño saquito que emula un uniforme militar, con monedas de un peso a modo de botones. Lali entra al escenario, que cuenta con 45 metros de largo y dos de altura entre el suelo y las tablas y que podría parecer gigante para cualquiera, pero no para esta «petiza» que, más allá del recurso, recorre la larga pasarela que se acerca al público con la misma convicción y energía con la que le responde su gente.

Tal como lo habían vaticinado algunas fans por la tarde, el recital comenzó con Lokura, inspirada en un amor platónico de la infancia en el barrio de Parque Patricios. Bajo el escenario, la prensa se pelea por conseguir buenas imágenes de la cantante; frente a este, fanáticos gritan, lloran, saltan y se abrazan. Lali saluda a su público y dice que nunca se tomó un mate en el escenario. Pide a un integrante de su equipo que le traiga uno y bromea con que, en realidad, lo que necesita es agua fría, no ese mate caliente. Pero le hace honor al nombre de la fiesta y construye aún más esa complicidad que tiene con quienes la siguen.

 

 

Hay algo de ese «banque» que puede notarse al escucharla: Lali habla tal como lo hace su público y lo respeta, pero como se respeta a los amigos, con algo de broma y de descanso. Sus letras hablan de resistir embates y soledades; de buscar y probarlo todo; de sensualidad y de sexo; de encontrar un amor a medida y no pretender encajar en el buen gusto de todos. Y todo cuadra con su figura, políticamente controversial para una parte de la ciudadanía que, fogoneada por discursos oficiales que la han puesto en el foco de la atención, reduce su imagen a lo que han llamado «la agenda woke». Pero la artista no le escapa y lo hace bandera. Por eso, las pantallas se tiñen con los colores del orgullo y ella entona la primera línea de lo que ya es un himno: «soy lo que tanto busqué vivir…». Entonces se levanta una marea de abanicos de colores, de banderas y de dedos que chasquean.

«Un aplauso para recibirlas a ellas», dice la cantante en la punta del escenario y da paso a la llegada de Elaia, Supernova, Gaara y Victoria, reconocidas drag queens de Paraná que, a paso firme sobre unos tacos que pueden ser el terror de cualquiera, acompañan a Lali en esta canción. «¡Bienvenides al show de Lali!», dice Elaia, dueña del boliche gay de la ciudad, La Bunker Club. La artista posa mirando al público y, acto seguido, todas acompañan la letra de Soy. «Un aplauso para estas reinas y para este himno que cantamos ya hace muchos años y que cantaremos cada vez más fuerte».

A «Soy» le siguieron «Motiveishon», «Disciplina» y «Plástico», y llegó «Fanático», una respuesta creativa a la figura del «hater» (odiador), con varias referencias al presidente argentino Javier Milei que incluso se vuelven explícitas cuando la letra dice: «Yo no tengo enemigos y no los necesito. Igual vení, acercate, que te firmo la fotito». La coreografía también suma guiños, con la típica pose del presidente en sus fotos públicas: ambas manos con el pulgar hacia arriba y el cuerpo en contrapicado. Esto enardece al público, tanto a quienes siguen a la cantante como a quienes se suben a la ola de críticas, pero Lali nunca fue lo que querían de ella. A los diez años se escapó de su casa con la convicción de participar en un casting. A los veintidós se desvinculó de Cris Morena y lanzó su primer disco solista de forma independiente. A los treinta y cuatro años, después de afirmar durante mucho tiempo que nunca se iba a casar, dio el sí, una decisión que moviliza a sus fans.

Padres llevan en sus espaldas a sus hijas y corean el estribillo de «No me importa», con el que Lali cerró su show en Paraná. Los acordes del Himno Nacional Argentino son la despedida oficial de la «reina del pop» en la trigésima quinta edición de la Fiesta Nacional del Mate, que superó expectativas y promete estar a la altura el siguiente año.

 

 

 

 

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