Patricio Guzmán, la última batalla

TEXTO PABLO RUSSO

 

 

Mi país imaginario, documental franco chileno de 2022, es, literalmente, el último trabajo de Patricio Guzmán, el gran cineasta que supo retratar su tiempo y su país con inigualable poesía y coherencia política, y que falleció a mediados de septiembre pasado. Esta película se exhibirá el miércoles 7 de octubre a las 20:30 en Saltimbanquis (Feliciano 546, Paraná), en la función habitual de Cine Club Musidora, que comienza de esta manera un ciclo mensual dedicado a producciones latinoamericanas.

 

 

Después de la magistral trilogía Nostalgia de la luz (2010), El botón de nácar (2015) y La cordillera de los sueños (2019), Guzmán se sintió atraído por las protestas estudiantiles que comenzaron en octubre de 2019 en Santiago de Chile y que desencadenaron la revuelta popular que culminó su proceso con la reforma de la constitución y el ascenso de Gabriel Boric a la presidencia del país. Narrado en off con su propia voz, Mi país imaginario combina impactantes imágenes de las manifestaciones callejeras con testimonios de protagonistas, tanto de la primera fila de los combates como analistas políticos y sociales de los hechos. Lo hace, fiel a su estilo, con un ritmo tranquilo que busca su propia pulsión poética.

«Un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías», solía decir Guzmán. Y Chile tuvo la suerte de tener a este director, uno de los mayores referentes del género, para retratar su contemporaneidad. Nació en Santiago, en 1941. Cursó filosofía e historia pero no terminó esas carreras, ya que la atracción por el cine documental lo impulsó al Instituto Fílmico de la Universidad Católica de Chile y, más tarde, a la Escuela Oficial de cinematografía de Madrid. En 1970 dirigió El primer año, sobre los doce meses iniciales del gobierno de Salvador Allende. Antes, había trabajado con Joris Ivens y Chris Marker en A Valparaíso (1963), y de ese vínculo nació una amistad: fue Marker quien le facilitó los rollos de película virgen para filmar La batalla de Chile, su trilogía más importante de los años setenta. Guzmán tuvo al alcance de su cámara los primeros pasos de la revolución pacífica encabezada por la Unidad Popular. También su caída. Esto lo marcó para siempre, y gran parte de su obra se refirió constantemente a este momento histórico.

Luego de estar detenido dos semanas en el Estadio Nacional de Santiago, pudo exiliarse en Europa y los rollos fílmicos salieron del país valija diplomática mediante, para terminar de ser montados gracias a la ayuda económica y material del Instituto Cubano de Cinematografía (ICAIC). La batalla de Chile, que consta de tres partes (La insurrección de la burguesía, El golpe de estado, El poder popular) fue estrenada en 35 países.

Guzmán siguió haciendo documentales en España y Francia, donde se instaló: La rosa de los vientos, En nombre de Dios, La cruz del sur, Chile: la memoria obstinada, El caso Pinochet y Salvador Allende son los más destacados.

 

 

Documental, subjetividad y dimensión ética

Guzmán adhería a la corriente francesa conocida como «documental de creación», con el que el género abandonó el realismo y la retórica educativa de los primeros tiempos. El documental de creación trabaja con la realidad, la transforma -gracias a la mirada original de su autor o autora- y da prueba de un espíritu de innovación en su concepción, su realización y su escritura. Se distingue del reportaje por la maduración del tema tratado y por la reflexión compleja y el sello fuerte de la personalidad del realizador. Guzmán diferenciaba documental de periodismo, ya que nunca buscó la objetividad, sino que se inclinó por una narración más personal, menos rígida; una mirada crítica que busca seducir, impactar y argumentar. La obra es siempre obra personal, subjetiva. «La gente que exige objetividad generalmente es de derecha. Es un término que siempre la derecha ha utilizado para descalificar nuestros discursos», expresó el director en una entrevista a principios de siglo.

Además de subjetivo, para Guzmán el documental es producto de una dimensión ética que lo posiciona como «instrumento de la ciudadanía», de «utilidad pública». En ese sentido el género también contribuye a la memoria de los pueblos. En esa construcción, Patricio Guzmán trazó un camino artístico incomparable que comenzó con Salvador Allende y concluyó con Gabriel Boric.

 

 

 

 

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