El antifascismo como emblema

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS NATALIA MATURANA

 

 

En el centro cultural Almacén de los 33, ubicado en la intersección de las calles Bavio y Courreges, se realizó el Primer Festival Antifascista el sábado 17 de enero. La entrada era libre y gratuita, pero se podía contribuir a la causa con un útil escolar nuevo. El objetivo fue encontrarse, organizarse y resistir colectivamente en la vía pública. A las 15, pese al día caluroso, se cortó la calle dando inicio a la propuesta que contó con una muestra fotográfica, un taller de chiptune subversión digital, un espacio para las infancias, música en vivo, feria y cantina popular.

 

 

«Este evento surge porque queremos empezar a juntarnos, a crear comunidad con otras personas que estén ideológicamente de la mano con nosotros y nos pareció una forma muy interesante hacerlo de manera cultural, a través de editoriales, música, talleres y performances. Si bien nosotros asistimos a las marchas y tenemos nuestra columna, este espacio es básicamente poder manifestarnos de forma distinta y hacernos escuchar», dijo Loreley Galop, integrante de Acción Antifascista Paraná y una de las organizadoras del evento.

En el primer piso del Almacén de los 33 ya se encontraba expuesta la muestra fotográfica a cargo de Agitación, un medio de comunicación que se dedica a hacer periodismo desde la clase obrera. En el mismo espacio, a las 16, se dictó el taller chiptune subversión digital (una subcultura dentro de la música electrónica) de la mano de Ciro Mendoza, desarrollador y músico. «Este taller lo venimos haciendo con el colectivo Live Love hace más de 10 años, tratamos de difundir la cultura chiptune. Se trata de recuperar viejas tecnologías en desuso, o que se consideran obsoletas como viejas tablets, teléfonos o notebooks del gobierno, reformularlas para darles un sentido nuevo, crear música y hacer visuales alrededor de una estética re linda: la de los primeros chips de 8bit y de 16bit de las primeras consolas de videojuegos y computadoras que le dan el sonido característico de videojuegos», comentó Mendoza con emoción, mientras terminaba de acomodar el proyector y los diferentes dispositivos tecnológicos sobre una mesa.

 

 

En simultáneo, afuera en el espacio para las infancias, un pequeño grupo de personas de diferentes edades comenzaron a armar un domo (estructura arquitectónica en forma de cúpula). Fue un trabajo colectivo y colaborativo que culminó en una performance con actuaciones frente al público presente.


Al caer el sol, la gente comenzó a acercarse con su mate a cuestas o con una birra bien fría a compartir en comunidad, frente al escenario. A partir de las 18 comenzaron a desfilar las bandas invitadas: Inmaduro, Segunda Dosis, San Lebowski, Anarkustico y La Simón Smog. Desde punk-rock hasta ska, cada una compartió composiciones propias invitando al público a sumarse con palmas o movimientos de cabeza al ritmo de la música.

 

 

«Compartimos la línea del festival totalmente. Nosotros no lo medimos económicamente al trabajo del centro cultural sino que vemos el impacto político-social que implica esta movida. Nos pareció central poder sostenerlo, porque está pensado como un espacio de resistencia. Muy necesario», sostuvo Fulvia Polentini, una referente del Almacén de los 33. Además, añadió en relación al corte de calle: «Nosotros siempre tomamos la calle con mi compañero, desde los ‘80, somos militantes de toda la vida, porque creemos que el poder es también eso, poder defender nuestros derechos y hacernos escuchar. Eso no se hace puertas adentro, sino colectivamente en el espacio público».
Entre stands, música y talleres, el Primer Festival Antifascista encontró, en el hacer con otros, su razón de ser: lo colectivo. Una vez más se demostró que la lucha, cuando es común, se lleva con alegría.

 

 

 

 

 

 

 

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