Emma y el anhelo de libertad

TEXTO ALEJO MAYOR

 

 

El 8 de marzo está establecido en todo el mundo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora en memoria de las obreras textiles neoyorkinas que murieron calcinadas en un incendio dentro de la fábrica Cotton en 1857, mientras protestaban contra la extenuante jornada laboral a la que eran sometidas. El homenaje fue propuesto por la comunista alemana Clara Zetkin en la II Conferencia de Mujeres Socialistas de Copenhague, en 1910. Al año siguiente se conmemoró por primera vez, un 19 de marzo. En 1914, en un contexto signado por las tensiones crecientes entre las potencias imperialistas que derivarían en la Gran Guerra, se realizó en la fecha que persiste hasta la actualidad. Con empecinamiento, ese mismo día (y no otro), en Gualeguay, provincia de Entre Ríos, nació Emma Barrandéguy. Pavada de guiño. Descendiente de vascos, como buena parte de la alta alcurnia entrerriana. Euskera como los radicales Miguel Laurencena y Luis Etchevere, primer gobernador y vicegobernador electos en la provincia, respectivamente, en los primeros comicios posteriores a la reforma electoral conocida como Ley Sáenz Peña, también ese 1914. Décadas antes, los hermanos Pedro, Esteban y Bernardo Barrandéguy habían arribado procedentes de Urruña, localidad del territorio de Lapurdi (actualmente en Francia). De aquel terruño natal donde se besan los pirineos y el océano atlántico, un espacio geográfico de menos de 900 km cuadrados, con un interior rural de verdes praderas y una aristocrática costa marítima, al arrullo manso del río Gualeguay, su campo, su iglesia, sus calles de tierra donde siempre es la siesta, sus escritores. Arribaron a la localidad que lleva el nombre del río que oficia de columna vertebral fluvial de la provincia en 1853, año en que, por iniciativa de Justo José de Urquiza, y con la inspiración en las bases sentadas por Juan Bautista Alberdi, se proclamó la Constitución Nacional que, en su artículo 25, fomentaba la inmigración europea y prohibía restricciones e impuestos para aquellos que vinieran a «labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes». Los europeos «de bien».

Pero así como algunos vascos con el tiempo decantaron como moradores privilegiados de los panteones más finos de los cementerios provinciales y sus apellidos tendrían destino de nomenclatura de poblados, calles, estaciones de tren y plazas, también, en sus orígenes, hubo entre ellos trabajadores pioneros en las luchas por la justicia en el trato laboral y contra la explotación de los patrones. En 1858, ya tenemos conocimiento, gracias a cartas, de una «pandilla de vascos» que realizó una huelga en el saladero más importante de Urquiza, Santa Cándida, en Concepción del Uruguay. Sin duda, es este afluente del torrente vasco entrerriano el que encuentra su desembocadura en Emma.

 

Emma, la roja del pueblo

La joven Emma Barrandéguy se empapó de política desde el hogar familiar, con la innegable influencia de su padre, Heriberto, de extracción radical, yrigoyenista (con los años confluiría con el peronismo). El clima de discusión política que experimentó en esos años y el modo en que la historia política nacional atravesó su biografía temprana se encuentran reflejados en su novela autobiográfica Crónicas de medio siglo (allí, Emma cambió los nombres y apellidos de los personajes para presentarlo al concurso literario Fray Mocho, que ganó). En esa novela, Emma engarzó el devenir de su familia con el acontecer político argentino, en el medio siglo que va desde las postrimerías de la Revolución del Parque hasta el golpe de junio de 1943, con la irrupción del Grupo de Oficiales Unidos y el fin de la década infame.

«No me gusta ningún patrón, ni ningún barrandéguista», se sinceró Emma con Evangelina Franzot en una entrevista. Y así, también, pronto zarpó del puerto ideológico-político familiar para navegar en las corrientes de izquierda, decantando en una simpatía por el comunismo en su vertiente leninista, primero, insuflada por los vientos que venían de la Rusia revolucionaria, para finalmente arribar al muelle del anarquismo. «Yo me llamo socialista porque de algún modo hay que llamarse cuando sos medio colorada. En el fondo, yo soy anarquista». La bandera roja y negra, mismos colores que los que distinguen a su querido club Gualeguay Central, la acompañó hasta el final. Siendo una adolescente se vio conmovida por el proceso infame que condujo a la muerte a los anarquistas italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, en los Estados Unidos, y las enormes movilizaciones solidarias que sacudieron el mundo entero, teniendo sus ecos inclusive en Entre Ríos. También en esos años empezó a mantener correspondencia con mujeres anarquistas y pioneras del feminismo de Buenos Aires, como Salvadora Medina Onrubia y la maestra Herminia Brumana. En aquellos tiempos en que despuntaba su rebeldía fue expulsada de las Hijas de María de San José, una agrupación laica dependiente de la parroquia gualeya. Eso sucedió en 1932, año en que, desde El Eco Parroquial, el periódico que difundía las actividades católicas laicas de Gualeguay, se lanzó una campaña anticomunista, destinada a alertar sobre la infiltración del ideario rojo, que contaba con lugareños célebres como Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi, quienes se presentaron en una lista para disputar la comisión directiva de la Biblioteca de Fomento local. En abril de ese año, firmados con el seudónimo de Isabel Rivas, aparecieron sus primeros poemas publicados («panfletarios» y «virulentos», según ella misma) en el diario El Amigo del Pueblo. Entre ellos se encontraba uno dedicado a vilipendiar al dictador José Félix Uriburu, a quien sucesivamente trataba de «maldecido», «tirano obscuro», «prepotente», «león de utilería», «indigno», «ebrio de sangre, de crueldad y de maldad», «tiranuelo», «imbécil», «mandón», entre otros epítetos poco afables. «Apresaste a mujeres y escritoras / que eran una y mil veces acreedoras / de todo tu respeto y sumisión», le acusaba. Una de esas mujeres fue Salvadora Medina Onrubia.

 

Imágen perteneciente al libro Cronosíntesis (2016) de la Eduner

 

La vinculación con las ideas de izquierda pronto la hizo gravitar en torno al grupo izquierdista Claridad, una suerte de peña de izquierda, como ella le llamaba. Allí tiene una participación activa, única mujer entre varios varones. El más viejo, Juan L. Ortiz, dieciocho años mayor que ella. También participaba el mítico librero de la ciudad, Ernesto Hartkopf, quien la inició en muchas de sus lecturas. Entre ellas, las del escritor francés Henri Barbusse, de cuyo grupo Clarté tomaron el nombre. El grupo Claridad llegó a alquilar una vieja casona del pintor Cesáreo Bernaldo de Quirós, donde instalaron una imprenta clandestina en tiempos de la dictadura de Uriburu, desde donde editaron panfletos, volantes y hasta el manifiesto de obreros en huelga del frigorífico de Gualeguaychú. También se reunían en la casa de la joven poeta para leer marxismo, poesía y «arreglar el mundo por medio del socialismo».

En estos años, incentivada por César Tiempo –el escritor porteño nacido en Ucrania con el nombre de Israel Zeitlin–, también pasó a formar parte de la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE), la organización fundada a instancias de Raúl González Tuñón en apoyo al bando republicano en la guerra civil española. La influencia de Tuñón es reconocida por Emma: la publicación Contra: Revista de los Francotiradores, con la cual colaboró, encendió en ella la concepción de la escritura como arma de la crítica para expresar su oposición a todo lo establecido. Allí, en septiembre de 1933, publicó un poema titulado Visión de campo argentino, en el cual adjetiva como «asfixiante» a la condición provinciana y da cuenta del divorcio con el terruño y de los «calificativos insultantes» que colgaron sobre ella sus compoblanos «cuando ya no creí en la diana cuartelera ni en las campanas parroquiales».

Hacia 1936, cuando estalló en España la guerra civil y la Argentina se encontraba convulsionada por la huelga general de enero, impulsada principalmente por el gremio de la construcción y la política sindical de los comunistas, se publicó el primer libro de poesía de Emma, titulado sencillamente Poemas. Se trata de una recopilación de sus poesías de los años 1934-35. El libro, dedicado a los amigos de Claridad, es abiertamente de barricada, una proclama; es decir, estaba emparentado estéticamente al realismo socialista de cuño soviético, estilo oficial de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en el que las mujeres poetas y escritoras no destacaron y fueron relegadas a un segundo cuando no a un tercer plano, huelga decir. En las letras impresas en papel canson se leían loas a la organización de los obreros y los campesinos, un canto a la Revolución socialista. «Ahora somos dueños de una nueva poesía: la del épico avance proletario», escribe en Encuentro con lo vivo.

En sintonía con la alianza obrero-campesina que fue la fuerza motriz, el corazón, de la Revolución socialista de octubre, se suceden entre los poemas, en sintonía con el ambiente campestre desde donde alza su voz Emma, numerosas evocaciones al hombre de campo, sus pesares y su necesidad de emancipación. Un constante llamamiento al despertar de la conciencia de este sujeto rural, adormilado, anestesiado. La necesidad de sacudir la modorra polvorienta del pago. Las palabras en Enderézate son elocuentes:

 

Campesino, ¿hasta cuándo tu sordera te tendrá hecho

un cascote más entre la tierra?

Enderézate: ¡allí está en nombre tuyo la hoz en la bandera!

 

El tono pedagógico, cuasi de maestra siruela, en plan bajada de línea, también se hace presente en Vida de peón («Hijo de indio o de gaucho, te quitaron te quitaron el campo los gobiernos y se lo repartieron a los ricachos argentinos o a los gringos platudos y vos quedaste para peón de los otros o apenas tropero»).

En Escucha, campesino le explica a un campesino lo que es un proletario, lo invita a pensar su situación, a correr la venda de sus ojos y desencantarse de sus patrones, los dueños de la tierra, y a obrar en pos de la Revolución Agraria. El interlocutor está claro y el discurso va directamente dirigido, sin ambages.

La alienación con respecto al producto del trabajo aparece en La deschalada, donde desoculta el rudo proceso del deschalador de maíz (con «manos torcidas, callosas, sangrantes») que culmina con la elaboración de la humita, plato y criollo y originalidad para el almuerzo de los burgueses.

También se incluye en este libro un poema dedicado a Lenin, el líder indiscutible del Partido Bolchevique, la bandera y el cerebro de la revolución proletaria mundial, a diez años de su muerte. Así Emma pasa a engrosar la lista de los grandes poetas rojos (Vladimir Maiakovski, Bertolt Brecht, Roque Dalton, entre tantos) que le dedicaron versos al pelado de la revolución.

 

Lenin no es llamarada,

ni alerta de clarín;

es carne repetida en cuerpos trasojados,

es levadura humana

transmitida en sangre de los que se han de erguir.

 

En Primero de Mayo, la huelga general mundial proletaria está también presente en tanto jornada de lucha («puños frente a las caras de los burgueses») que hermana a las y los trabajadores del mundo entero («Cuando pienso en todos los camaradas del mundo, / en el más lejano camarada / de algún pueblo perdido como el mío, / una alegría nueva me retoza en las venas»). El pago chico y el mundo todo, la alegría viene a darse en la conciencia universal de una trascendencia. El 1° de Mayo en Emma es unívocamente universal, el de los trabajadores de todo el mundo. No hay lugar aquí para la efeméride de entrecasa de los chovinistas asesinos de la Liga Patriótica y los poetas tradicionalistas locales que celebran en ese día el Pronunciamiento urquicista contra Rosas.

En Mirada sobre el pueblo y mi vida aparece mencionada esa mujer tan fulgurante en su biografía, Salvadora Medina Onrubia, la «Venus Roja», y el recuerdo de la presencia en el pueblo. Salvadora había pasado sus primeros años en Carbó, cerca de Gualeguay, y fue en Entre Ríos donde comenzó su actividad literaria. La hermandad internacional en el sueño emancipatorio global eleva a Emma del aletargado sopor y la soledad de su devenir pueblerino. El socialismo en ella es la pintura que colorea el cuadro de una voluntad de trascendencia, de vida mundana y metropolitana. Calles adoquinadas en lugar de calles de tierra. El tendido eléctrico dispuesto a toda la población que desvelaba a Lenin, los semáforos que habían despertado la fascinación de Maiakovski en su primera visita a los Estados Unidos. Sin embargo, antes que el desarrollo tecnológico, lo que parecía buscar Emma era abrir una ventana desde donde escapar del tedio pueblerino para respirar libremente. El llamado de la metrópolis, en la figura de Salvadora, encontró su eco.

 

Composición fotográfica perteneciente al libro Cronosíntesis (2016) de la Eduner

 

Emma en Buenos Aires

Al fin, en 1937, Emma, a quien la vida en el pueblo ya le parecía agobiante, abandonó Gualeguay para instalarse en Buenos Aires. Salvadora, con quien mantenía correspondencia desde hacía largo tiempo, la alojó en la casa que compartía con su esposo, Natalio Botana, director del diario Crítica. Emma trabajó en el diario durante más de veinte años y también como secretaria personal de Salvadora.

De tanto en tanto, también pasó algunos días en la famosa quinta Los Granados que los Botana tenían en Don Torcuato. En el sótano de la casa se lucía un mural del mexicano Siqueiros (uno de los tres exponentes del muralismo mexicano, junto con Diego Rivera y José Orozco): Ejercicio plástico, realizado con la colaboración de los artistas locales Jorge Enea Spilimbergo, Antonio Berni y Juan Carlos Castagnino, todos vinculados al PC, miembros del primer sindicato argentino de artistas plásticos y de la AIAPE. Este exponente de lo más alto de la cultura del proletariado latinoamericano coexistía con los tres Rolls-Royce estacionados en la lujosa mansión e, incluso, según se comentó en algún momento, un tigre, entre otras excentricidades. Todo un símbolo de lo estrafalario, contradictorio y excesivo de aquel matrimonio inserto en el ojo del huracán de las ideas de un período de entreguerras que languidecía. En esa quinta Emma conoció a algunas personalidades destacadas de la cultura y política de la época, incluso refugiados españoles que escapaban del franquismo, que eventualmente eran alojados por la pareja y participaban de las reuniones que ellos organizaban.

Esa etapa en la gran ciudad coincide con una febril actividad escritora, desplegada en cuadernos («papeles», «apuntes», según ella los evoca), de los que luego se armarían algunos libros, tanto novelas como poesías. Emma pasaría unos treinta años hasta volver a publicar poemas. En su escritura había ya dejado atrás para siempre la barricada y la letra incendiaria e insurrecta para adoptar un tono decididamente más intimista. En su devenir literario, que se funde con lo vital, se puede percibir un primer movimiento, hacia fuera, centrípeto, que perseguía la fuga de la encerrona del pueblo y sus ideas a lo universal, la libertad extralimitada. Ahora el movimiento era hacia adentro, lo íntimo. La búsqueda estaba por allí: el espacio se había redimensionado, no tenía tanto que ver con lo social como con lo personal. La sexualidad de Emma –su bisexualidad, su lesbianismo– será un elemento clave de su literatura última.

Tanto en estilo literario como en militancia, Emma ya había tomado prudencial distancia del Partido Comunista, una distancia definitiva y que parecía ensancharse año a año, fundamentada en la posición cerrada de los comunistas oficiales con respecto a la homosexualidad, que Emma ya practicaba, y la liberación de la mujer. Ya orbitaba casi plenamente en torno al anarquismo. Su compromiso social con el interés de la clase trabajadora, empero, tuvo en 1938 un nuevo capítulo. Fue entonces cuando formó parte del proyecto de la Universidad Obrera Argentina, impulsada por el filósofo, físico y epistemólogo Mario Bunge y originado en una demanda surgida al interior del sindicato de los trabajadores de la construcción de Capital Federal (luego tomado por la Federación Nacional). La experiencia se extendió hacia 1943, cuando fue clausurada. «Basta decir que, por la importancia que había alcanzado, la Universidad Obrera fue una de las primeras en ser clausuradas por Perón», escribe Emma, casi sesenta años después. Allí dictó clases de castellano, enseñando a leer y a escribir a obreros inmigrantes que escapaban de la guerra que tenía su epicentro en el territorio europeo. Allí unió esfuerzos, además de con el mencionado Bunge, con el comunista correntino Gerardo Pisarello, destacado docente y escritor perteneciente al grupo de Boedo.

En su periplo porteño trabó también relaciones con los anarquistas de la Federación Libertaria Argentina (FLA), en cuyo local de calle Brasil, en el barrio de Constitución, compartió mates y discusiones y con cuya biblioteca siguió colaborando, enviando textos desde Gualeguay y dedicando algunos escritos a la escritora y docente anarquista Herminia Brumana, la otra mujer que la había incentivado, junto con Salvadora, a irse a Buenos Aires.

 

Imagen perteneciente al libro Cronosíntesis (2016) de la Eduner

 

Emma de vuelta al pago

En el oscuro año de 1976, en el que se perpetra el último golpe militar de nuestra historia, ya jubilada, Emma decide regresar a Gualeguay para cuidar de su hermana que sufría de epilepsia, tarea a la que se dedicará hasta el final de sus días. Su vínculo con Buenos Aires, empero, no concluye del todo, ya que tendrá lugar un permanente ir y venir entre Gualeguay y la capital nacional. Publicará regularmente en el periódico local El Debate Pregón, en una página literaria titulada «La página de SEGuay» (Sociedad de Escritores de Gualeguay), grupo que forma con algunos colegas locales, y luego haciéndose cargo de la columna cultural. También, todavía en dictadura, colaboró con la revista gualeya La Loca de al Lado, publicación artesanal cultural con tintes humorísticos, una suerte de fanzine, diríamos hoy. Los artículos de ambas publicaciones fueron publicados por Eduner en 2016 bajo el título de Cronosíntesis, con un notable trabajo de curaduría de Evangelina Franzot.

A partir de los ochenta publicará una serie de obras, como la mencionada Crónica de medio siglo, Los pobladores, un libro sobre Salvadora, otro sobre la amistad de Mastronardi con el escritor polaco-argentino Witold Gombrowicz, y, finalmente, en 2002, la novela Habitaciones, suerte de autobiografía, que contó con el auspicio y empuje de María Moreno, quien leyó los originales, estimuló su publicación, la prologó y la difundió ampliamente. Allí Emma da rienda suelta a la narrativa de la exploración sexual experimentada en Buenos Aires, la relación con sus amantes mujeres y varones, escapando al corsette moral y conservador de la sociedad gualeya. Allí se adelantó a temáticas y abordajes de la literatura feminista y queer, «en un horizonte más radical», según la entusiasmada óptica de Moreno. Escrita a fines de los años cincuenta, para no incomodar a vecinos y parientes como cuando adolescente o, en una de esas, blindarse como la rosa de su maestro González Tuñón, decidió postergar tanto tiempo su publicación e, incluso, presentarla en Buenos Aires. Su mirada sobre la comarca no ha cambiado demasiado de la que aquella adolescente revoltosa: «Absorta contemplo ahora, sesenta años después, que Gualeguay no ha aprendido nada en tren de juzgar a los demás», escribió en el texto Un siglo siempre igual, de 1999.

El final fue donde empezó todo, en Gualeguay, en una casa con una higuera y con dos gatos, en la calle Uruguay. Un 19 de diciembre de 2006 no completó sus siete cigarrillos diarios ni asó carne a la parrilla. Tenía 92 años.

 

 

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