TEXTO JULIÁN RIVERO

Un hombre llamado Otto (Marc Forster, 2022, Un vecino gruñón, la mala traducción latina en Netflix, adaptación del libro original de Fredrik Backman de 2012 y remake estadounidense de la sueca Un hombre llamado Ove, dirigida por Hannes Holm en 2015) puede leerse como una historia íntima: un viudo gruñón que, a través del vínculo con sus vecinos, logra reinsertarse en la vida. Esa lectura es correcta, pero incompleta. La película profundiza, de manera menos explícita, un conflicto que excede a lo personal: la puja entre dos formas de organizar la vida en común.
Otto Anderson (Tom Hanks) no es solamente un tipo de mal carácter. Es el producto (y también el residuo) de una época gloriosa en la que la comunidad no era una abstracción, sino la norma. Vive en un barrio donde existen reglas, los vecinos se conocen y el espacio común es compartido. Un mundo que parece extinguirse, y Otto es consciente de eso, y lo sufre. La película no muestra a Otto como un héroe ni como alguien malo. Lo muestra como alguien que se siente fuera de época.

El barrio donde vive Otto funciona como una pequeña comunidad organizada. No es ideal: hay conflicto, rivalidades, diferencias culturales. Pero existe algo fundamental: hay un nosotros, aunque sea incómodo. Los vecinos son distintos entre sí: una familia latina recién llegada, una pareja afroamericana atravesada por la discapacidad, un vecino excéntrico, una pareja superficial. No hay homogeneidad, pero sí convivencia. No se trata de afinidad, sino de proximidad y responsabilidad. Y en este marco, Otto cumple su función. Cuida que se cumplan las normas, es quien recuerda y exige cómo deben hacerse las cosas, quien mantiene el orden del barrio con sus rondas. Y no lo hace por anhelar poder, sino porque entiende que, sin reglas compartidas, el barrio se degrada.
Otto es un hombre que creció en un mundo industrializado. Es ingeniero jubilado de una planta siderúrgica. Aprendió mecánica de su padre, un dato apenas mencionado en la película, pero clave: remite a una época en la que el saber, el oficio, se heredaba. Un conocimiento práctico, material, orientado a resolver problemas reales. Otto necesita entender cómo funcionan las cosas porque, para él, el mundo no se trata de un conjunto de servicios, sino de una estructura que sostener. Y en esta ética del oficio define su idea de comunidad: donde cada uno cumple una función, cada uno responde por algo. No hay romanticismo, sino responsabilidad.
También está la relación con su vecino Reuben. Otto y Reuben fueron amigos y compartieron la vida del barrio y la asociación vecinal. Incluso sostenían una rivalidad trivial por las marcas de autos —Ford y Chevrolet—, una competencia que no dividía, sino que los unía dentro de un mismo marco cultural e industrial, ligado a la industria nacional y al trabajo local. Cuando Reuben compra un Toyota, Otto no reacciona por capricho. Lo vive como una traición simbólica. No es simplemente «otro auto»: es otro sistema. La globalización materializada en un objeto cotidiano.

A pesar de eso, la ruptura no se produce por esas rivalidades menores. El quiebre aparece cuando irrumpe la inmobiliaria Drei & Merika (que irónicamente suena a die America, muere América) y el barrio deja de pensarse como un espacio para quienes lo habitan. La empresa se niega a adaptar el entorno para personas con discapacidad, como Sonya, la esposa de Otto, luego de su accidente. Para Otto, esa decisión no es técnica ni económica, sino ética: el barrio deja de ser una comunidad y pasa a convertirse en un producto. Al enfrentarse a esa lógica, queda aislado. No solo pierde la presidencia de la vecinal, pierde el consenso simbólico que sostenía a la comunidad. El problema no es la empresa en sí, sino la aceptación pasiva de un modelo que reemplaza el cuidado mutuo por la gestión.
Drei & Merika no es un enemigo caricaturesco. No amenaza, no grita, no ejerce violencia explícita. Su poder opera de otra forma: con contratos, datos, información privilegiada, silencios administrativos. La película muestra con claridad cómo el despojo contemporáneo ya no necesita épica ni grandes justificaciones. Como en el mundo actual, el sistema ya no requiere disimular sus intereses: no hace falta construir un relato moral para avanzar sobre lo que resulta rentable. Drei & Merika no oculta que el barrio debe desaparecer; simplemente lo gestiona como un obstáculo económico. No hay engaño, hay procedimiento.
El caso de Anita es central: su Parkinson, un dato íntimo, se convierte en la llave para quitarle la casa y enviar a Reuben a un geriátrico. Todo legal. Todo eficiente. Frente a eso, Otto, un hombre que pareciera despreciar las redes sociales, termina usándolas. No por convicción tecnológica, sino por necesidad. El video viral del rescate en las vías del tren y su contacto con la periodista Sharie Kenzie permiten finalmente exponer el acceso ilegal de la empresa a los historiales clínicos de los vecinos. El viejo mundo se sirve de las herramientas del nuevo para defender lo común.

La empresa utiliza historiales médicos para presionar a vecinos vulnerables, intenta trasladar a Anita y a Reuben a un geriátrico y comprar las casas del barrio para desarmar el entramado social. No destruye la comunidad de golpe: la vacía. Aquí la película muestra con claridad la lógica neoliberal clásica: los sujetos no importan, solo las propiedades; las relaciones no cuentan, solo los activos; la vida se administra, no se cuida.
Luego está Malcom. Su historia no está para dar una lección moral ni para funcionar como símbolo. Su importancia es narrativa y humana. Él aparece en la vida de Otto, primero como molestia, luego como recuerdo de Sonya —fue su alumno— y finalmente como alguien que necesita ayuda concreta. Cuando Malcom es expulsado de su casa por su familia y busca refugio en la noche fría, no hay discursos ni debates. Otto abre la puerta. Ese gesto interrumpe el aislamiento en el momento más crítico: justo cuando Otto estaba a punto de suicidarse. Es decir, el vínculo no se construye desde una empatía abstracta, sino desde la acción. Ayudar a arreglar la bicicleta, compartir una noche bajo techo y, más adelante, ofrecer un auto. Es comunidad en acción, no enunciada.
Otra relación que resulta importante en la narración es la que Otto construye con su nueva vecina. Porque, pese a que él es antipático, ella no se asusta; es más, se lo dice. Y, aun así, se preocupa por él y le lleva comida. Cuando Otto está a punto de suicidarse, en dos ocasiones, ella aparece. La primera, simplemente para presentarse, saludarlo y pedirle herramientas prestadas. La segunda, para pedirle ayuda: su marido se había caído de una escalera, lo estaban trasladando a un hospital, y ella necesitaba que Otto los llevara a ella y a sus dos hijas. A partir de ahí, Otto comienza a construir un vínculo con las niñas, que con el tiempo terminan llamándolo «abuelo Otto».

Otto padece una miocardiopatía hipertrófica. Su corazón es, literalmente, demasiado grande. La película utiliza este dato con ironía cuando le dan de baja en el ejército. En un sistema que expulsa todo lo que no sirve, un corazón grande es un problema. No logra suicidarse porque el recuerdo de su esposa se lo impide. Cada vez que él intenta hacerlo, la comunidad tracciona sus engranajes vinculares, logrando reactivarse. Finalmente, el protagonista recupera los lazos que parecían haberse dispersado. Un barrio que vuelve a organizarse, vecinos que se reconocen, una red que resiste al avance del sistema inmobiliario. No hay idealización. Otto no salva al mundo. Apenas logra que, por un tiempo, la comunidad funcione como tal. Eso, en el contexto actual, es un montón.
Un hombre llamado Otto no es nostálgica ni progre. Es incómoda, porque muestra un conflicto que no es entre personas buenas y malas, ni entre apertura y cierre, sino entre dos modelos de organización social. Uno piensa la vida como mercancía administrable. El otro, como entramado de responsabilidades compartidas. Otto no representa el pasado en sí mismo. Representa algo más: que, sin una comunidad organizada y sin responsabilidades compartidas, la vida se vuelve un trámite y la muerte, un dato más en una planilla de Excel.

