No era solo un partido

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

 

 

Por los días previos, por los roces propios del partido y por el festejo desatado en todos los rincones donde hubiesen argentinos o amigos con principios anticolonialistas, quedó claro que las declaraciones políticamente correctas no llegaron a tapar la sensación de que el choque por la semifinal del mundial de fútbol entre Argentina e Inglaterra del 15 de julio en Atlanta, siempre tuvo condimentos que fueron más allá de lo deportivo. 

 

 

La rebeldía de los jugadores argentinos exhibiendo la bandera con el reclamo por las Malvinas, trapos prohibidos por la institucionalidad mundial y local (la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva había hablado de no llevar consignas ni “mapitas” con alusión a la soberanía argentina sobre las islas) fue un acto de frescura que se replicó en las ciudades y pueblos, como en la plaza 1° de Mayo de Paraná, que se desbordó de celebración. «Esta es como nuestra final», comentaba una mujer. El clima le daba cierta razón: probablemente hubo más gente que en los festejos del campeonato de 2022. Llegaban en grupos, familias, amigos, parejas. Pasaban un rato, se quedaban hasta el final, o seguían su periplo hacia otros barrios donde la alegría salió a la calle.

Todos saltaron. Saltaron sobre las diagonales al monumento central, sobre las calles Urquiza, Su Santidad Francisco, 25 de Mayo y San Martín. Se subieron a los bancos, treparon los árboles y las columnas de alumbrado público. Sonaron bombos, redoblantes, vuvuzelas, un saxo. Los cantos colectivos que pedían la cuarta estrella, que recordaron al Diego y a los pibes de Malvinas. Se vendían cervezas, gaseosas, copos de azúcar. El vino, el mate, la botella cortada al estilo ricotero que circulaba de mano en mano. Celeste y blanca la plaza en camisetas, banderas y gorros en la noche de invierno sin frío, en el que una alegría sencilla caló en los huesos de la memoria colectiva. No era solo fútbol.

 

 

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