Frondizi como Urquiza, Uranga como Ramírez

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS MARTÍN GERLO

 

 

Desde el mismo momento en que Justo José de Urquiza cayó tendido en uno de los amplios salones del Palacio San José, alcanzado por el doloroso desprecio de quienes años antes lo habían reverenciado como líder federal, héroe de Caseros y organizador del país, la polémica en torno a su figura y las disputas sobre su legado no cesaron de multiplicarse. Mientras yrigoyenistas y antipersonalistas entrerrianos se desangraban en una batalla feroz, hacia fines de la década del veinte, la enorme sombra del capitán general acudió en auxilio de ambos bandos, para justificar tanto el pedido de intervención de la provincia como la postura contraria, hasta que la caída del presidente echó por tierra la discusión. Dos décadas después, fue el gobernador peronista Ramón Albariño quien polemizó con algunos exponentes del revisionismo, con motivo del centenario del Pronunciamiento que en Entre Ríos fue una celebración oficial que casi no mostró fisuras. «En esta provincia, tanto los peronistas, como los radicales y demócratas tienen en gran estima a su héroe: el general estadista, el de la unidad nacional, el creador de la Confederación y que echó las bases para esa Constitución que nos hizo Nación organizada desde 1853», destacó entonces, recibiendo el respaldo de gran parte de la plana mayor del gobierno nacional.

No fueron esas, sin embargo, las únicas ocasiones en que un sector de la política provincial buscó desenvainar el sable de Urquiza para defenderse, herir al adversario o legitimarse en una coyuntura especial. A veces de manera pomposa, otras con algo de humor, la invocación del prócer entrerriano fue una constante cada vez que algún dirigente o movimiento político miraba hacia el pasado para afirmarse por medio de la construcción de un legado. Y esa situación volvió a presentarse en 1958, cuando un radicalismo partido al medio se encontró con la posibilidad de acceder nuevamente al poder, gracias a la reciente proscripción del peronismo.

 

 

Tras el golpe de septiembre de 1955 —cuyos infames protagonistas también osaron mirarse en el espejo de Caseros— convivieron tendencias que buscaron una integración de las masas peronistas con otras posiciones más duras, que apostaban a la eliminación de cualquier vestigio de aquel movimiento. El fracaso de esta última posición forzó la adopción de una salida semi-democrática, bajo la forma de unas elecciones tuteladas donde se extendió la proscripción que pesaba desde el golpe. Por aquellos años el radicalismo no logró sintetizar una posición única y sufrió una nueva ruptura, esta vez no entre yrigoyenistas y antipersonalistas, sino entre quienes se mantuvieron en la línea partidaria cerradamente antiperonista, identificados con Ricardo Balbin, y los «intransigentes», encabezados por Arturo Frondizi.

Esta división se replicó en todo el país y los radicales entrerrianos se prepararon para ir a las urnas con dos propuestas para la gobernación: Fermín Garay como exponente de la balbinista Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) y Raúl Lucio Uranga como representante de la frondizista Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI). Fue en medio de esta disputa que emergieron nuevamente las sombras del pasado, mediante la figura no sólo de Urquiza, sino también de Francisco «Pancho» Ramírez. 

La invocación de ambos próceres en esta batalla por el sentido histórico, como había sucedido en otras ocasiones, se plasmó en los títulos de los por entonces más relevantes periódicos paranaenses, El Diario y La Acción, cada uno de los cuales había tomado partido por distintos candidatos. Y no faltaron, como veremos, la solemnidad y la burla en esta curiosa campaña política.

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El primer paso lo dio El Diario, que el lunes 3 de febrero de 1958, nada menos que en el aniversario de la Batalla de Caseros, y a veinte días de las elecciones, publicó una extensa foto de los candidatos con el título «Arturo Frondizi, como Urquiza… Raúl L. Uranga, como Ramírez…», rematando el concepto con un epígrafe que abundaba en esa particular idea: «Arturo Frondizi, como Urquiza, interpreta la superación de la crisis política argentina y propugna una magna faena de noble y fecunda concentración popular y nacional rechazando el desquite y la revancha como factores de evolución y proclamando un futuro inmediato de realizaciones profundas, justas y modernas, para todos los argentinos, “sin vencedores ni vencidos”… Es el Presidente que necesita la Nación».

La Hoja fundada por un grupo de radicales en 1914, tal vez el periódico más importante que llegó a tener Entre Ríos en su historia, nunca optó por las sutilezas a la hora de expresar sus preferencias políticas. Si en los años yrigoyenistas fue un feroz crítico del presidente radical y se jugó de lleno en la defensa de la gestión provincial antipersonalista, con la llegada del peronismo extremó su militancia contra «el candidato nazi» y no se privó de ninguna crítica. Ahora, con el radicalismo dividido, contrariamente a lo que se podría intuir, tomaba partido por los intransigentes, más proclives a alguna especie de entendimiento tácito con el proscripto peronismo. Uno de los miembros de la familia propietaria del medio, incluso, integró las listas de la UCRI: Ivar J. Etchevehere, presentado como «estudiante y periodista», participó como candidato a concejal en la nómina que el espacio impulsó en Paraná, bajo la postulación a intendente de Alfredo Villamonte.

El lenguaje con el que El Diario se refería al candidato a gobernador en la mencionada portada no era menos pomposo: «Raúl L. Uranga, como Ramírez, encarna el sentido federalista y la orientación revolucionaria de una hora preñada de atisbos. Tiene la contextura de los luchadores y la lucidez y el coraje de los hombres hechos para enseñar rumbos y abrir cauces. Su personalidad vibra y se exalta en el presente de Entre Ríos y es la Provincia quien reclama su presencia para dirigirla y elevarla en sus mejores promociones».

El candidato presidencial visitó varias localidades de la provincia el 9 de febrero, comenzando por el norte entrerriano —Federación, Chajarí y Concordia, donde habló especialmente del proyecto para construir la represa de Salto Grande—, para luego dirigirse a Rosario del Tala, ciudad en la que, según el periódico que lo respaldaba, lo esperó «una multitud» calculada en cinco mil personas.

Pero esta hiperactividad proselitista no fue patrimonio exclusivo de los intransigentes. Los balbinistas también llevaron adelante sus actos en la provincia y no dejaron pasar, ni en la prensa ni en las calles, la invocación que hacían sus adversarios al héroe de Caseros y al Supremo Entrerriano, organizando incluso actos de «desagravio» hacia la figura del presidente de la Confederación. Aunque para enterarse de ello, claro está, se hacía necesario leer otro diario.

 

 

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La Acción tomó nota de la operación del frondizismo y le dio amplia cobertura al tema. Primero publicó una solicitada del Partido Demócrata Progresista, que ese año llevó como candidato a gobernador al destacado novelista gualeyo Roberto Beracochea, donde criticaba que se utilice «con fines electoralistas vergonzantes a nuestros próceres», apuntando contra El Diario, que «se titulaba imparcial en el aspecto político, pero una vez más reafirma su posición totalmente parcial». En el mismo sentido, el periódico sentó posición y el 10 de febrero, a pocas horas de la visita de Frondizi a Entre Ríos, publicó una caricatura donde ridiculizaba a los candidatos y hacía mención a este paralelismo.

«¡Pero este señor no es Urquiza, porque es un héroe cualquiera! No le alcanza la divisa, y le sobra la galera», sostenía debajo de una ilustración del candidato a presidente, vestido con poncho, un sombrero amplio que le tapaba la frente y una espada colgada en su cintura, que llegaba hasta el piso. La alusión a Uranga no era menos sarcástica: «¡Tampoco el otro es Ramírez, pues es muy largo y opaco! Y por mucho que se estire, no tendrá sable por flaco».

Junto a este registro irónico hubo también reacciones que bordearon la solemnidad: «El radicalismo del pueblo desagravia a Urquiza», fue el título de la crónica que reseñaba un reciente acto en Concepción del Uruguay, donde Garay y Carlos Perette llevaron la acción electoral del balbinismo a La Histórica. Allí, el futuro vice de Arturo Illia se propuso «rendir homenaje sincero al Segundo Libertador de la patria», con carácter de «desagravio frente a los que ayer en las mismas tribunas defendían la obra de Urquiza y hoy se abrazan a Mario Amadeo y todos los adoradores de la figura siniestra de Juan Manuel de Rosas». Endigándole sus vínculos con el nacionalismo, pero sin mencionarlos, el dirigente sostuvo que los intransigentes «no tienen autoridad para hablar de Urquiza, y menos imitarlo». 

Con el mismo fervor militante que El Diario, el matutino La Acción siguió la campaña del radicalismo del pueblo y sólo aludió a las actividades de la contra para hablar del «fracaso» en su convocatoria o la «discordia» que se habría producido tras algún acto. El punto más alto de la carrera electoral ocurrió cinco días antes de los comicios, cuando el propio Balbín visitó la capital entrerriana y protagonizó un acto en la Plaza 1° de Mayo acompañado por la plana mayor de su fuerza. «Jamás presencié una asamblea igual en la ciudad de Paraná, tanto por el número de concurrencia como por el fervor del pueblo», le dijo al cronista de ese medio. Las acusaciones y los cruces siguieron hasta poco antes de las elecciones. Garay salió a defenderse ante «burdas patrañas» que lo vinculaban a la masonería, y redobló la apuesta aludiendo a la relación del frondizismo con el «comunismo internacional». Lo cierto es que la moneda ya estaba en el aire y el 23 de febrero terminó de definirse el ganador de esta contienda.

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Al cierre de la jornada electoral, mientras los resultados iban confirmando el amplio triunfo de la UCRI en el país y la provincia, los editores de El Diario no necesitaron discutir mucho cuál iba a ser la portada de aquel lunes histórico. Su candidato, por el que habían militado abiertamente, se había impuesto y un radical volvía a ganar a nivel nacional después de tres décadas. La misma foto que tres semanas antes había abierto esta breve pero significativa disputa histórica volvió a la tapa, esta vez a página completa, y con la misma leyenda que antes: «Arturo Frondizi, como Urquiza… Raúl L. Uranga, como Ramírez…». Las largas figuras del presidente y el gobernador electos ocuparon toda la portada. No había ninguna alusión a las elecciones, ni al triunfo; sólo la reafirmación de una consigna y una evidente chicana a sus adversarios, a quienes tanto había movilizado esa publicación.

Frondizi y Uranga asumieron el 1° de mayo de ese año y atravesaron distintos momentos en su convivencia. Las postergadas demandas en materia de federalismo, como suele suceder, no siempre encontraron el eco que el mandatario entrerriano esperaba, y aunque su nombre quedó ligado al inicio de esa epopeya que fue la construcción del Túnel Subfluvial, los documentos de la época muestran que el camino que debió emprender para concretarlo no fue fácil. 

Un registro fílmico del 2 de septiembre de 1959, tras una reunión que mantuvo con el presidente junto a su par santafesino Sylvestre Begnis, autoridades misioneras y algunos funcionarios, da cuenta de esta situación:

—¿Por qué no se inician esas obras tan importantes? —le preguntó el periodista al gobernador, luego del encuentro.

—Por la misma razón por la que se han demorado o no se han iniciado obras importantísimas en este país —respondió Uranga—. Está lleno de funcionarios, expedientes, demoras y de informes. Este asunto lleva ya varios años de discusión. Pero los hombres de la Mesopotamia no aguantamos más vivir entre el barro e incomunicados del resto del país. Este es un gran sueño de estas provincias fundadoras del país —remarcó, mencionando también a Salto Grande y a la pavimentación de caminos rurales como otros de los anhelos para el desarrollo de la región.

El Litoral dio cuenta el 16 de enero de 1960 de una reunión entre Uranga y Begnis, donde los mandatarios decidieron que Entre Ríos y Santa Fe «afrontarán por su cuenta y riesgo» la obra: «Este criterio habría sido adoptado como consecuencia de la inoperancia y las dilaciones en el estudio del proyecto por parte de las autoridades nacionales», cuyo interés estaba, en cambio, en la construcción de la autopista entre Buenos Aires y La Plata, informaba el medio. Cuatro días después, el vespertino santafesino confirmaba que la obra se haría, como se había adelantado, con «financiamiento interprovincial», y el 15 de junio de ese año se firmó el tratado entre las dos provincias. A pesar de la sintonía política con la Nación, no fue posible suscitar el interés del mandatario nacional y, contrariamente al pronóstico de El Diario, Frondizi no fue Urquiza. 

El presidente, sin embargo, no había perdido oportunidad de vincular su figura a la del caudillo entrerriano y tuvo una ocasión inmejorable para ello. Fue a menos de un año de iniciar su mandato, cuando llegó de visita a Concepción del Uruguay, aquella ciudad que lo había cobijado en sus años de estudiante, para trasladar los restos del héroe de Caseros a la Basílica de la Inmaculada Concepción. Era el el 89° aniversario del asesinato del líder federal y esa ocasión también quedó inmortalizada en un registro fílmico, que puede apreciarse en el Archivo Prisma. La visita de Frondizi a La Histórica, gracias a la labor de una comisión que trabajó en los años previos, fue un acto de Estado que puso fin al ocultamiento de los restos de Urquiza, para darle descanso definitivo en un lugar acorde a su investidura, su obra de gobierno y a un legado que, hasta el día de hoy, sigue en disputa.

 

 

 

 

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