Una historia común del terrorismo de Estado

TEXTO Y FOTOGRAFÍA PABLO RUSSO

ILUSTRACIONES LAUTARO FISZMAN

 

 

 

En Concordia, Entre Ríos, hay un barrio de casas alpinas que fue construido por militantes juveniles en los años setenta. Muchos de ellos fueron detenidos durante el último golpe cívico militar, algunos están desaparecidos. En Volver a las casas alpinas. Una historia de militancia, insilio y ausencia, Alfredo Hoffman indaga en esa experiencia solidaria a partir de la historia de vida de Graciela Vanzán, quien logró escapar del horror de la dictadura, aunque no de sus consecuencias: el miedo, el insilio y la culpa atraviesan este relato de reconstrucción coral que visibiliza el alcance del terrorismo de Estado sobre las personas comunes.

Se trata de la primera publicación en formato libro de Aguará Colectivo Editorial, con portada e ilustraciones de Lautaro Fiszman, prólogo de Sabrina Gullino Valenzuela Negro, corrección de textos de Gisela Romero y diseño de Fortunato Galizzi. El trabajo, de 210 páginas que tiene presentaciones programadas para los próximos meses en Concordia y Paraná, se ofrece en preventa en las redes de la editorial.

 

 

«El libro Volver a las casas alpinas sitúa esta experiencia colectiva en coordenadas precisas —un barrio, una ciudad, una provincia—, pero sin perder de vista su dimensión representativa. El barrio Pancho Ramírez, Concordia y Entre Ríos funcionan como escenarios de una trama que se extiende a otros puntos del país y expresa un clima de época: la imperiosa necesidad de organizarse para revolucionar el mundo», escribe Sabrina Gullino. «En ese cruce entre lo local, lo federal y lo nacional, el libro revela memorias entrelazadas de una juventud atravesada por un profundo sentido histórico de igualdad y justicia. No se trata sólo de la historia de Graciela Vanzán. Es la historia de un país que, bajo el terrorismo de Estado, se vio forzado a insiliarse a sí mismo. Un pueblo sumergido en el silencio, cuyas vidas, cuerpos y memorias persisten, resisten y vuelven a emerger. En esta gesta narrativa y documental, lo personal se convierte en una clave fundamental para comprender lo histórico, y la escritura de Hoffman se afirma como una forma de restitución poética», introduce.

Una tarde de marzo, mientras definía los últimos ajustes de imprenta, el autor conversó con 170 Escalones sobre su nueva publicación.

 

 



¿Cómo te encontraste con la historia de Graciela Vanzan?

En el programa de radio Marcha, que hacemos en radio UNER con Gisela Romero y Florencia Amestoy, que se centra entre otras cosas a rescatar historias del pasado reciente, hubo unos programas que dedicamos a lo que fue la dictadura en Concordia, la causa Área Paraná II, que incluye el caso Jorge Emilio Papetti. En ese marco entrevisté a Graciela Vanzán, porque sabíamos que había sido la novia de Papetti, para tener otro punto de vista, otra mirada sobre quién era Pepetti. Sabíamos algo de ella fundamentalmente porque en el libro No son solo memoria. Historias de detenidos desaparecidos en Concordia (compilación de Gisela Romero, 2015), ella escribe sobre Jorge. Es un capítulo muy emotivo, sobre cómo lo conoció en el barrio Pancho Ramírez una vez que llegó buscando a un vecino, el Maca, con quien ella trabajaba y militaba en esa época. De esa charla me quedaron ganas de conocer más sobre su historia, entonces acordamos un día durante la pandemia para charlar, sin saber en qué se iba a convertir esa entrevista.

 

Tiraste del hilo y salió el libro…

Claro. Ahí me cuenta cuando a ella la detienen en el 76, un par de meses después del golpe, y empieza a huir por miedo a que la secuestren o desaparezcan. Tenía 18 años. Me pareció que había un material interesante como por lo menos escribir algo un poco más largo que una simple crónica. Todavía sin saber cuál sería el resultado final de eso. Así siguieron otras charlas, intercambios de WhatsApp, y en un momento dije “esto da para hacer un libro”. Empezamos entonces a profundizar sobre episodios que contaba de su vida y situaciones que pasaban en Concordia, ampliando con otras fuentes, principalmente con expedientes judiciales y hemeroteca. Me pasé varias horas, varios días, sobre todo en vacaciones, cuando tenía más tiempo, buscando diarios de Concordia o Paraná en el Archivo General de la Provincia. Y después entrevisté a otras personas que aparecían en su relato. Así salió este libro, que es una historia de vida atravesada por otras vidas, que da cuenta de un momento histórico y de la continuidad de esa vida hasta nuestros días.



¿Qué es el insilio?

Es una categoría que se está usando más ahora. Hay libros y trabajos académicos que hablan del tema y que busqué para conocer un poco más. Se utiliza esa definición para nombrar a quienes debieron cambiar su lugar de residencia, sus vínculos afectivos, militantes, amistades, familiares, para poder mantenerse en una especie de anonimato durante la dictadura y así salvarse. Es una estrategia de supervivencia en personas que estaban cercanas a la militancia, eran militantes o lo que se llamaba “perejiles”. Cuando escuché la historia de Graciela, que anduvo por varios lugares del país para sobrevivir, me acordé de algo que contaron en algunos juicios, como por ejemplo el de La Noche del Mimeógrafo, en el que César Román, un sobreviviente, militante secundario de Concepción del Uruguay que fue detenido, torturado y luego liberado, se va de su ciudad porque se cruzaba con el que lo había torturado y lo amenazaba desde su Falcón.



¿Es equiparable al exilio interno?

Sí, sería eso. Algunos lo definen como estar en otro país pero no cruzar la frontera. Perdés un estatus de ciudadanía, digamos, no podés terminar de contar quién sos. Una de las cosas que dice Graciela en el libro es que desconfiaba de todo el mundo y te tenés que inventar una historia. Ella terminó viviendo en Bolívar, en un convento de monjas en la provincia de Buenos Aires.

 

 

 

¿Qué es lo que más te llamó la atención de la historia de Graciela: el insilio, su militancia en un barrio de Concordia o el hecho de ser una persona implicada con su contexto pero sin ser de la primera línea militante?

Me llamó la atención todo esto que vos decís. Lo interesante era que a través de su historia de vida se podían contar distintos rostros de la militancia y distintos rostros de lo que fue el terrorismo de Estado. Acá está presente la militancia juvenil de estudiantes secundarios en una ciudad del interior, mientras  que habitualmente escuchamos historias de ciudades grandes. En todo el país hubo jóvenes estudiantes secundarios y universitarios organizados que estaban atravesados por la idea de que la revolución estaba “a la vuelta de la esquina”. Con esa motivación, Graciela emprendió su militancia, primero en la iglesia. Ella cuenta en su relato que en 1972 tenía 14 años, iba a segundo año del Colegio Nacional de Concordia, cuando ocurren dos hechos que la deciden comprometer políticamente. Uno es la masacre de Trelew, porque era amiga de una de las hermanas de Alfredo Kohon, uno de los fusilados en Trelew, oriundo de Concordia. El otro episodio es que en la calle se cruza con una marcha de inundados encabezada por un cura, que iban a manifestarse porque había llegado Francisco Manrique, el ministro de Bienestar Social del gobierno de Alejandro Lanusse. Empezó a averiguar quién era ese cura: era el padre Andrés Servín, que estaba en la Gruta de Lourdes. Graciela empieza entonces a trabajar en esa parroquia del sur de Concordia, con mucha labor social y territorial con el barrio y con los que se inundaban cada vez que crece el río Uruguay. Me llamó la atención ese compromiso militante de tan joven, así como el rol que cumplió cierto sector de la iglesia -contrario a la cúpula eclesiástica cómplice de la dictadura- y su participación en el proyecto liderado por el cura en la autoconstrucción de viviendas en el barrio Pancho Ramírez.



¿Qué era entonces el Pancho Ramírez?

Era un barrio, un lugar, un paraje, un páramo, donde fueron trasladados muchos de los inundados. Llegaron ahí sin nada, sin servicios. Les derribaron los ranchos en que vivían con topadoras y le tiraron los pedazos en ese lugar, para que cada uno se las arregle como pueda. Ellos iban a organizar a los vecinos para que construyan sus propias viviendas. Me llamó la atención eso y, por supuesto, lo del insilio. Me pareció que era una historia que podía ser atractiva, digna de ser contada: como alguien inventa una historia para escaparse de la dictadura.



El trabajo tiene la particularidad de ser un acercamiento a la militancia, pero no un relato heróico como a los que estamos acostumbrados de otras personalidades públicas.

Esto es algo que hablamos con el Colectivo Editorial Aguará y llegamos a la reflexión de que es importante también que se cuente esta historia por estas características de que no es un relato heróico, sino que es una persona común a la que le pasó la dictadura, le pasó el terrorismo de Estado como le pasó a la mayoría de la gente. Ella está en ese rol: por un lado es una persona común, pero por otro lado es muy cercana a muchos militantes que fueron desaparecidos, como su novio. Lo repite claramente, era una “perejil”. Todos le decían “quedate tranquila, a vos no te van a buscar porque son una perejil”, y esta es una forma de decir que a los perejiles también les alcanzó el terrorismo de Estado. Son historias que se han invisibilizado. Probablemente, si todos empezamos a averiguar en nuestras familias, siempre vamos a tener a alguien que fue perseguido de alguna manera, dejado cesante en el trabajo, o detenido, o que incluso las políticas económicas de la dictadura lo afectaron. Es una forma de decir que si bien el terrorismo de Estado estuvo dirigido en aniquilar a la militancia, también nos pasó a toda la sociedad.



Otra característica que recorre parte del libro es el tema de la culpa que ella siente por haberse salvado y haberse ido.

Indefectiblemente esto también aparece y también en muchas de las historias de las personas que se salvaron, en contraposición a lo que sufrieron los 30 mil desaparecidos y las personas que debieron enfrentar la tortura, el secuestro ,el robo de bebés, los que perdieron su identidad. Está claro que al lado de eso, que te hayas tenido que mudar de ciudad aparece como algo menor, menos grave, y eso también opera en estas personas a las que les ha costado mucho volver a contactarse con quienes luego salen en libertad, o con los familiares de los desaparecidos, por esta culpa que no se cerró. Cuando vuelve la democracia, a Graciela le cuesta mucho regresar a Concordia y encontrarse con el cura y con sus compañeros. Le da mucha vergüenza por esta culpa que sentía. De a poco logra restablecer esos vínculos. Lo que más le costó fue volver al barrio donde había pasado gran parte de la militancia en su juventud.



Es el que le da título al libro…

Sí, porque una tarde la acompañé a Graciela y al Maca, un militante que todavía vive en el barrio, a recorrer y encontrarse con gente que la reconocía y que ella reconocía. Pudimos charlar un rato largo con el Maca, con ella, con la esposa del Maca que también era una jovencita del barrio… Eso fue en 2023, cuando tomó contacto con los vecinos. Pude ser testigo de esa situación.



El barrio tiene la particularidad de las casas alpinas, que no es una construcción típica de la zona.

En Concordia había una agrupación que trabajaba para gestionar recursos para la construcción de viviendas. De recorrer la zona y analizar con qué materiales podrían hacer casas de bajo costo y que fueran dignas, decidieron que lo mejor eran las alpinas, porque consiguieron una bloquera de hormigón y las casas alpinas tienen la particularidad de tener un muro bastante bajo a partir del cual ya empieza el techo con madera de la zona. De esa forma, podían hacer casas de dos plantas. Lograron hacer unas diez. Después, cada uno fue ampliando y hoy esas casas sobreviven, algunas como aquella época y otras fueron modificadas. 



¿Están alejadas del centro?

Era muy lejos, ahora está todo unido con la ciudad que se expandió. Está sobre la avenida Umberto Illia, que anteriormente le decíamos Ruta 4. Es un ingreso a Concordia por el balneario de Camba-Paso. 



¿Conocías al barrio cuando vivías en Concordia?

No, de chico pasaba por ahí pero no sabía que era un barrio de casas alpinas. Empecé a escuchar sobre su existencia y lo que había pasado ahí y sobre la particularidad de que muchos de los que trabajaron ahí fueron detenidos y algunos desaparecidos, en los juicios de lesa humanidad, cuando los testigos declaraban y mencionaban al barrio.



 

Volver a las casas alpinas tiene ilustraciones originales, tanto en cubierta como en la apertura de cada capítulo.

Sí, Lutaro Fiszman es el ilustrador. Ha trabajado en un libro sobre la masacre de Trelew y otro más reciente sobre el comandante Andresito. Lo invitamos a sumarse desde la editorial. También, para Aguará es la primera vez que apostamosa un libro, que sale del formato historieta, otro lenguaje.



¿Esto no lo pensaste nunca como historieta?

No, porque tenía muchas ganas de escribir otro libro después de tanto tiempo de Reencuentro, del 2012. Me había costado mucho también encontrar otra historia que valga la pena para un libro. El otro trata de un caso tan heróico, de tanto también sufrimiento para una familia, delitos tan atroces como los secuestros, torturas, desapariciones y robo de niños, que me costaba encontrar algo de qué escribir. Cuando escuché la historia de Graciela me pareció que podía ser, que era algo original. Paradójicamente, por esto que hablábamos recién, es lo contrario: si bien es la misma temática, pero la historia de vida que elegí contar es una historia que escapa a lo que estamos acostumbrados a darle más visibilidad. 



Como escritor, periodista, investigador, para generar un relato de no ficción desde una provincia sobre este tema ¿Cuáles son las características, los vientos a favor y los escollos?

Tenemos que pensar que el lugar desde el que nosotros elegimos hacer este proyecto editorial independiente, es el de la militancia por los derechos humanos. En ese sentido, ya de por sí estamos haciendo un recorte importante de las posibilidades. Dependiendo del clima político podemos llegar a interesar a gente que pueda comprar el libro o hasta financiarlo. Hoy estamos en un momento en que desde los altos sectores de poder impera el negacionismo, la reivindicación incluso de la dictadura y de sus crímenes, entonces desde ese lugar ya es difícil. Después, en cuanto a las historias que contamos y cómo las contamos, uno también cuenta historias de gente que conoce, por lo tanto intenta ser respetuoso, cuidadoso, intenta que esas personas que uno conoce se sientan representadas por lo que uno escribe, se sientan cuidadas y se sientan cómodas. Esto no quiere decir que no haya incomodidades, en este libro seguramente Graciela debe estar incómoda con que se cuenta su historia en muchas partes del relato, pero sí incluye ir teniendo un ida y vuelta sobre lo que uno va produciendo, estar abierto a cuestionamientos, a críticas, a sugerencias, dar el debate también de porqué uno piensa que determinado recuerdo o determinada anécdota tiene que estar. Eso hace que la forma de trabajar sea más lenta. No sé si tiene que ver con el lugar en el que vivimos, pero si con esta forma de encarar el trabajo desde la militancia en derechos humanos. ¿La historia sería distinta si uno viviera en Buenos Aires? Está la sensación de que algunas cosas se facilitan, pero nunca lo vamos a saber.



¿En qué lector o lectora pensaste cuando escribiste? más allá de los implicados y la generación que se sigue interesando por cómo se cuenta su tiempo histórico. 

No estaba pensando sinceramente en quién sería el lector modelo; sí en cómo contar una historia siendo respetuoso, cuidadoso de que no se enojen las personas que aparecen en el libro, y en la necesidad de contar cuestiones que están invisibilizadas, para que se conozcan. ¿Quién me gustaría que lea este libro? En primer lugar las personas que ya están convencidas, el público cautivo de las temáticas de derechos humanos; pero por supuesto también que circule sin rumbo y pueda llegar a esto que decíamos hoy: a quienes puedan preguntarse de qué manera la dictadura los afectó a ellos o a sus familias sin haber sido los perjudicados directos, o a personas conocidas que a lo mejor se preguntaron por qué tal vecinos estuvo tantos años viviendo en otro lugar o por qué tardaron mucho en conocer el pasado de un integrante de la familia. Me parece que hay muchas cosas que pueden invitar a reflexionar. 

 

¿Qué esperás que ocurra ahora con el libro?

Además de una historia que me conmoviera y pudiera conmover al lector, también tenía ganas de escribir sobre Concordia. Al ser yo de allá, hacerlo por mí, conocer y, a través mío, que otros puedan conocer lo qué ocurrió en Concordia durante esos años: la previa a la dictadura, el movimiento militante no solo político, sino también gremial, estudiantil y de un sector de la Iglesia. ¿Qué pasó durante la dictadura y qué pasó después? ¿Por qué Concordia hoy -no lo tocamos en el libro, pero uno puede preguntarse y espero que lo hagan- tiene tanta pobreza? ¿Por qué habiendo gente tan comprometida y solidaria hay problemas que se agravaron? ¿Qué tuvo que ver con esto la construcción de la represa de Salto Grande y los miles de obreros que llegaron y que luego se quedaron sin trabajo cuando se terminó la construcción? Creo que las casas alpinas son un símbolo de todo eso, de las historias silenciadas. Uno cuenta siempre una parte, no puede abarcarlo todo, pero seguramente esas otras historias y memorias van a surgir en las instancias de encuentros en las que espero que se transformen las distintas presentaciones que hagamos del libro, y cuando circule la publicación.

 

 

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