TEXTO JUAN MANUEL CIUCCI / FOTOGRAFÍAS AILÉN MONTAÑEZ

Con la urgencia del dolor, con la necesidad de ser multitud, confluyeron a Plaza de Mayo las bandas ricoteras, en la primera reacción ante la certeza de la pérdida. Y con su liturgia, ésta misa de sanación le permitió a miles en las calles, y a muchos miles más a través de las pantallas, comenzar una despedida a la altura de ese mito llamado Indio Solari.

Nunca dejó de llegar gente a la Plaza, ni horas antes de que se anunciara un horario posible de las 18 ni cuando esa hora quedó lejana, ya entrada la madrugada. Era una incesante peregrinación a un sitio que era esa histórica plaza pero que también era el primer recital al que alguien pudo haber ido, la casa donde se juntaban a escuchar a Patricio Rey, la esquina del barrio donde está pintado el Indio. No era necesariamente Plaza de Mayo donde se estaba, porque parecía la previa de cualquiera de las misas pasadas, sólo que el dolor se sentía presente muy cerca de la piel.

Pero nunca fue fácil -nunca nos lo hicieron fácil- ir a ver al Indio, y menos aún a Los Redondos. Temprano en la tarde la policía de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires reprimió a quienes llegaban, como parte de su accionar habitual cuando se junta gente en las calles. Mucha tropa y carros de asalto rodeaban la plaza, pero la masividad y el espíritu reinante impidieron a las fuerzas del orden montar un espectáculo de violencia. El que quizás necesitaban para disfrazar su negativa a una despedida en el Congreso, alegando «cuestiones de seguridad».
El clima reinante fue el mismo de las misas del Indio por todo el país: una comunidad espontánea que vuelve a encontrarse y a refundarse ante la convocatoria. Con ritos que vuelven a prodigarse, en un cruce generacional que invita a nuevas iniciaciones. Eran innumerables les nuevos cofrades que en la noche más triste comulgaban con Patricio Rey. Hasta turistas que aún en la incomprensión se conmovían ante una fiesta popular espontánea que despedía a un ídolo para ellos desconocido. Es que esta creencia ricotera es un fenómeno sumamente nacional, que recoge su legado de independencia y compromiso. Sin discográficas ni sponsor de por medio, el mercado mundial se sigue sorprendiendo de esta musicalidad argentina tan masiva y conmovida.

Cuando hacen referencia, desde la industria siempre se menciona la «lealtad» del público, algo que acompaña al Indio, Skay, La Negra Poly, y quienes formaron parte de la banda hasta hoy. Lo que les permitió sostenerse en tiempos difíciles, cuando desde los medios y
los poderes políticos oficiales se los construía como amenaza. Cuando sus recitales aparecían más en los policiales que en la sección espectáculos.

Esta misa de sanación inicia la nueva era del mito, y fue necesaria y fundante. Desde su espontaneidad, masividad y ternura desplegada; hasta por la falta de centralidad en la música o propuesta de homenaje a realizar. Fueron múltiples los sonidos y pogos, las pintadas y pegatinas, las rondas con dibujos y velas, los registros fotográficos que le alcanzaron a miles un poco de lo que ahí sucedía. Y seguirá multiplicándose, a partir de la fé que cada creyente está ahora mismo desplegando. Porque estas liturgias renuevan votos, curan del mal sufrido y ofrecen una ilusión de porvenir: la de sostener estos encuentros, este espacio de comunidad, a partir del arte que Carlos Solari brindó al convertirse para siempre en El Indio.


