TEXTO Y FOTOGRAFÍAS STEFANÍA DE LA FUENTE LUCCA

Dicen que desde que el Indio se fue cantando no salía el sol en este país, que es ricotero incluso por desconocimiento. Pero la luz cambió y él pedaleó las callecitas de Paraná, vestido de negro, que puede ser luto para algunos o fulgor para otros. Dobló desde calle Alem y subir en bici la gran cuesta de calle Monte Caseros no fue tarea fácil. En esa cuadra, los edificios generan una especie de pasillo para el viento y, en un día de agosto, puede ser una pesadilla para cualquier ciclista. Pero él marcha gustoso: pelo atado, anteojos negros y una bandera argentina. No necesita ninguna carga más.
En la esquina de Monte Caseros y 25 de Mayo se emplaza el Correo Argentino. Justo en la ochava que se enfrenta al Banco de Entre Ríos se encuentran las escaleras que dan paso a un gran portón de rejas grises, con decorados en su herrería. Es sábado y el edificio está cerrado; hoy, el decorado son dos banderas que, una sobre otra, marcan el motivo del encuentro: PR, mi genio amor. Al llegar al semáforo los encontró. Una misa comenzaba a armarse media cuadra antes de la Catedral de Paraná. Una misa callejera a la que solo asisten aquellos que saben que rezando solo, Dios se aburre igual; por eso prefieren el jolgorio del encuentro.

Son las 16:45 del 8 de agosto de 2026 y una voz al micrófono aclara a los transeúntes despistados por qué, de pronto, hay una multitud sobre una de las puertas del edificio del Correo. «Estamos acá para homenajear a un artista imprescindible que transformó la música y la cultura argentina, Carlos Alberto Indio Solari» dice y la esquina se llena de aplausos. La gente rodea el histórico edificio del Correo, sobre calle 25 de Mayo. Mira hacia la edificación, formando un semicírculo que improvisa un escenario delimitado apenas por la vereda, una torre de parlantes y las cámaras de los medios de comunicación, que apuntan hacia las puertas laterales. Allí se inaugura una placa que dejará para la posteridad el recuerdo de que, en este lugar, en un edificio estatal, vivió parte de su niñez junto a su familia el ahora «ciudadano ilustre» de la ciudad de Paraná, el Indio Solari.
Debajo de la placa y frente a los presentes se encuentran, por un lado, los integrantes del Ensamble Coral «Para Voz», también vestidos de negro y con las partituras de la primera canción que interpretarán entre las manos. Del otro, representantes del Concejo Deliberante de Paraná, junto al concejal Máximo Míguez, quien le dio forma institucional al homenaje; Fabricio Retamal, en representación del movimiento cultural «La Casa del Indio», cuyos integrantes impulsaron la iniciativa y desde hace tiempo trabajan para recuperar y poner en valor la figura de Solari en Paraná; y la intendenta municipal, Rosario Romero.

Mientras comienza a sonar el coro, que tímidamente canta «Encuentro con un ángel amateur», él ya había desplegado su bandera. Canta, haciendo flamear el lienzo en el aire, abraza a sus amigos y espera que los presentes le pongan la pasión necesaria a este encuentro, que parece un tanto acartonado para tratarse de uno de los músicos argentinos más masivos y, al mismo tiempo, siempre poco dispuesto a comportarse como una «estrella de masas».
El primero en tomar el micrófono es Retamal: «En este rato, Paraná abraza a un hijo. Al tipo que le puso letra al dolor, a la fiesta, al amor y, sobre todo, a la dignidad de millones. Sus canciones les dan palabras a quienes muchas veces no las encuentran: a los rotos, a los desposeídos, a los nadies, a los ángeles de la soledad, pero también a quienes supieron comprender la magnitud de sus letras y quizás experimentaron la sensación de ser una gota en un mar cálido y perderse en el abrazo de igualdad de las misas ricoteras». Una gota en un mar cálido, señala, como si retomara el «mar de fueguitos» del que habla Galeano. Un mar, una multitud, el pogo más grande del universo, creado por individuos únicos, pero no indiferentes.
El próximo en tomar el micrófono es Máximo Míguez: «Quiero dejar un mensaje: que se refugien en las letras del Indio, en el abrazo con el otro, aunque sea un desconocido. No se den por vencidos porque, como dijo el Indio, tenemos que llevar grabado en el pecho: “En la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida”. ¡Viva el Indio, viva la cultura popular!».

A esta altura de la tarde, las banderas son varias y diversas. Señalan quiénes son, de dónde vienen, cuál es su frase más sentida. Los trapos del rock no son únicamente una insignia, sino que identifican a quien los lleva y, al mismo tiempo, lo ubican dentro de una comunidad mayor. Para las y los ricoteros, el «dios de los rotos» logró que, en su sendero, el mundo exterior y el mundo interior fueran lo mismo.
Entre los presentes se encuentra Gastón Daus, que a los ojos de los menos fanáticos puede pasar desapercibido entre el público ricotero, pero que acompañó durante más de veinte años al Indio. Comenzó siendo su asistente y permaneció a su lado hasta el final, como un fiel amigo. Fue él mismo quien, tiempo atrás, se comunicó con el colectivo cultural «La Casa del Indio» para hacerles llegar el visto bueno de Solari respecto de las actividades que realizaban en Paraná. A partir de aquel contacto comenzó a gestarse, de alguna manera, la posibilidad de hacerle llegar al músico el reconocimiento de la ciudad y de recibir, aunque fuera, un saludo suyo que reconfortara al movimiento ricotero paranaense. Daus está ahí, entre la gente, pero no toma el micrófono. En este breve acto institucional, las voces que se escuchan son las de los representantes del municipio, que agradecen, por supuesto, su presencia y la posibilidad de hacer llegar a la familia de Solari este reconocimiento del pueblo paranaense.
A su turno, la intendenta de Paraná, Rosario Romero, señaló la importancia de homenajear a las y los artistas que han dejado huella en el pueblo y de dejar asentado para la historia que parte de su vida transcurrió en las mismas calles que recorrieron tantos otros niños y jóvenes que sueñan con escribir canciones capaces de convertirse en bandera y llenar estadios con la sola fuerza de la palabra. «Sin duda, Carlos, el Indio Solari explica con sus canciones un sentir de muchas generaciones de argentinos: esa sensación, a veces, de desasosiego, pero otras de esperanza. Cuando se habla de esto que pusimos allí» —señala la frase impresa en la placa—, «si no hay amor que no haya nada», es una frase que proyecta hacia el futuro una esperanza. El poeta popular es eso: nos acompaña en la vida. Por eso, cuando parten, no lo hacen sus canciones, sus letras, sus ideas. Y durante muchos años, a través de sus canciones, vamos a recordar esa sensación de acompañamiento y de mano tendida».

El cierre formal se hace de la mano del coro, que entona «Había una vez», una canción del Indio Solari en su etapa como solista junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. La letra dice «con los puños en alto deseando al final hacer la revolución con una canción de amor» y algunos puños se levantan; en otros se alzan botellas de cerveza; otros tantos flamean sus banderas con mayor fervor.
El Indio, que durante años pareció pertenecer más a las rutas que llevaban a un recital que a los salones donde se entregan distinciones, ahora tiene una placa en una esquina de Paraná. Queda allí, en el centro de la ciudad, como marca de su paso por estas calles y como punto al que podrán volver quienes compartieron esta tarde, quienes lleguen después y quienes, con el tiempo, quieran reconstruir la historia de aquel niño que alguna vez vivió allí.
Antes de que el sol muera, graciosos y valientes bajarán por calle Corrientes, calle que da comienzo a tantas de las movilizaciones del pueblo paranaense, rumbo al Parque Urquiza. Allí los espera el otro homenaje, un festival de momo que construirá otra manera de recordar. Quien se haya perdido este momento puede quedarse tranquilo: el Indio sigue esperando a quienes quieran rescatar su ruido crudo. Solo hace falta una nueva fecha y un lugar para llegar, como sea, y arreglar todo con una canción de amor, o por lo menos, casi todo mal.

