TEXTO FRANCO GIORDA

«La última vez que te vi, Leda, tenías trece años», así comienza la novela Un río de delfines rosados de Mara Rodríguez. La protagonista le escribe a su amiga de antaño a propósito de ese excitante y peligroso pasaje que va de la niñez a la adolescencia. El dispositivo funciona como una epístola en capítulos o como un soliloquio que imagina como destinataria a la vieja compañera de aventuras. En sus palabras hay un dejo de melancolía alegre por aquellos días irrepetibles donde el amor y el riesgo eran sinónimos.
El escenario es una Formosa agobiante en donde el calor y el agua (del río y de la pileta del club Caza y Pesca) son el medio principal donde transcurre la vida incierta y alucinada de niños, adolescentes y adultos.
El año de referencia es 1989; el fin de una década y también de las esperanzas renovadas por la reciente recuperación de la democracia. En la novela, la crisis económica de aquel momento hace mella en la cotidianeidad de las familias. Sin embargo, los más chicos, absorbidos por la vida, buscan tesoros en las islas. Mientras tanto, los mayores transitan el verano como zombies, enfrascados en problemas maritales y financieros.

Las inspiraciones existenciales de los protagonistas pueden rastrearse en el cine de las matinés de aquel tiempo, donde se pasaban dos películas seguidas y el mundo quedaba suspendido. Esa influencia hace que la realidad de las vidas se entrelace con las fantasías surgidas de las mentes afiebradas por las pantallas gigantes, el sol y las disfuncionalidades familiares.
Esta dialéctica entre deseos y existencias concretas genera percepciones enfrentadas sobre personajes enigmáticos como un windsurfista que llega con el viento, su tabla y su vela para instalarse a vivir en una de las islas frente a la ciudad. Este ser genera la inmediata atracción de las mentes juveniles; al tiempo que el rechazo y la persecución por parte de los padres, ya con los ánimos endurecidos.
Las odiseas infantiles, a pesar de toda su potencia, no están exentas de las tragedias, y la oscuridad de la muerte también merodea en torno a los cuerpos asoleados y las almas desafiantes de los poderes más consagrados de la naturaleza y del más allá.
Transcurrida la pérdida de la inocencia, el torrente externo de las aguas marrones también se mete en el cuerpo de la narradora. Así, las correntadas internas también son como inundaciones que desbordan la voluntad y gobiernan el estado físico y mental de quien cuenta la historia.
Un río de delfines rosados es un nuevo y brillante afluente de una escena literaria litoraleña que no deja de desarrollarse y actualizarse a través de voces que remiten a un eco profundo y claro. En Paraná, esa corriente encuentra en el pulso de escritoras como Mara (y varias más) una agudeza vigorosa.

La autora
Mara es formoseña y vive en Paraná. Es comunicadora, escritora e integrante del equipo de la Editorial Municipal de la capital entrerriana. Publicó La insolencia del vinal (novela, 2010), Lo que comen los erizos (cuentos, 2019), Los que vuelven del arroyo (novela, 2023). Un río de delfines rosados le valió ser finalista del premio Hispanoamericano de Narrativa Las Yubartas 2026. El sello a través del cual se publicó la novela es Contramar editora. La obra de la portada corresponde a César Bernardi.

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