TEXTO ALAN GÓMEZ TUTAU
FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

Política, tragedia y ternura son los tres conceptos que parten desde lo subjetivo, desde lo íntimo, y que atraviesan esta conversación con María Luz Piérola. La política y la tragedia aparecen como consecuencias históricas de los gobiernos militares. La ternura, tal vez, es algo que pertenece más a los pueblos. Desde ese lugar nace esta entrevista que es también un encuentro entre compañeros de organización.
María Luz, militante política y de los Derechos Humanos, además de artista plástica, recorre su vida y su militancia, pero también mira el presente teniendo en cuenta el proceso histórico actual.

¿Cómo fue el amor en tu juventud? ¿Qué implicancias tuvo para sumarte a militar? ¿Y qué mundo veías cuando empezaste, antes de que comenzara el proceso militar?
En el contexto del 70´, siempre digo que apenas alcancé a arañar esas luchas, porque llegué medio al final históricamente. Empecé a militar a los 17 años, más o menos en 1975.
Ya tenía la influencia, hablando de ternura y amores, de la militancia de mi hermano Fernando en el norte. En realidad, empecé conectándome con la militancia secundaria en Resistencia, Chaco, con los chicos de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios). Después me conecté acá, en Paraná, y conocí a compañeros extraordinarios. Uno nunca podía dejar de participar. A pesar de ser muy jóvenes, admirábamos mucho la lucha y a los compañeros que eran referentes.
Además éramos muy ávidos de lectura y de conocimiento. Participábamos en distintos eventos: la lucha por el boleto estudiantil, que era muy simbólica para los secundarios; en procesos de alfabetización en los barrios; y colaborábamos con cooperadoras escolares. Incluso estuvimos en contra de la coronación de la Virgen con una corona de oro y piedras preciosas, porque veíamos el hambre en los barrios y nos parecía una contradicción enorme. Nosotros repudiamos eso y pedíamos que ese dinero fuera destinado a quienes lo necesitaban. En ese contexto conocí al gran amor de mi vida: Mario Menéndez. Éramos unas criaturas, pero nos enamoramos profundamente y militábamos juntos. Mario fue un ser extraordinario. Él desaparece en septiembre de 1977. A mí me detienen en febrero de ese mismo año. Ya estábamos viviendo juntos. Para los Pierola, para mi familia fue una hecatombe. Nuestra casa siempre había sido una casa abierta, una «casa-pueblo». Pero pasó a estar custodiada y allanada. Primero detuvieron a mi hermano mayor, Álvaro.
Para ubicar al lector: ¿quiénes compartían ese proceso de militancia con vos y qué eran de vos?
Empecé militando con la UES en Paraná. Me habían pasado el contacto del «Moro» Daniel Malatesta. Lo paré caminando por la calle y le dije que quería militar en la UES. Se pegó un susto grande porque ya estábamos paranoicos y cuidándonos. Ya estaba la Triple A y todo lo demás. Asi empiezo la militancia, ahí conocí a muchos compañeros: Eduardo Germano, el «Mencho», que fue desaparecido aunque luego se recuperaron sus restos; Luis Auregui Berri; Pinocho Paduán; Carmen Tibaldi; Claudia Rosa; Mario Menéndez; Jorge Molinelli y muchos más.
Nos reuníamos en la casa de Don Venturino, del Partido Auténtico, en calle Montevideo y San Martín. Él nos prestaba libros y discutíamos mucho. Eramos una banda interesante. Nuestro trabajo era principalmente con estudiantes secundarios. En ese momento no existían centros de estudiantes como hoy. Cada uno era referente en distintas escuelas. En mi caso, particular, estaba en la Escuela Normal. Allí había un estudiante – un alcahuete- Remedi- que se había apropiado de la sigla UES desde una posición peronista de derecha. Entonces empezamos a pelear con él, para instalar lo que a nivel nacional era la UES. Una noche hicimos un «operativo comando»: entramos a la escuela y llenamos todo de panfletos que decían «UES Entre Ríos». Las autoridades retaron al otro chico pensando que había sido él, y nosotros nos hicimos los distraídos. Ahí, empezamos a instalar nuevamente la UES Entre Ríos.
Ya te digo, yo llegué al final, en medio de las luchas, porque enseguida lo detienen en agosto del 76, a Álvaro (hermano mayor), que está por 41 días detenido, no lo torturan, pero lo detienen. Justo en ese periodo nace su primer hijo. Por suerte fue en Paraná. Bah… en Paraná también hubo niños desaparecidos, como en el caso de Sabrina Gullino (Valenzuela Negro) y su hermano que está aún desaparecido, pero no fue el contexto de robarse niños.
¿En ese momento empezaron a sentir temor?
Creo que éramos muy jóvenes e inocentes. Por ahí no teníamos la conciencia del peligro. Recuerdo, fijadamente, que una compañera me llamó por teléfono y me dijo: «Che loca, hubo golpe». No lo podía creer. Ese día se suspendieron las clases y empezamos a intentar resguardarnos. Después de la detención de mi hermano Álvaro, la familia se tuvo que guardar. En realidad estaban buscando a mi hermano Fernando, que era oficial de Montoneros.
Un compañero había cantado que en casa habían hecho un escondite – un embutre– para un mimeógrafo de Montoneros, que iba a usarse para imprimir materiales de la organización. Esa orden la había dado Fernando (hermano), pero de todas maneras el mimeógrafo nunca llegó y se fue para otro lado. Esta la causa del mimeógrafo en Concepción del Uruguay en donde muchos compañeros de la UES uruguay fueron torturados y posteriormente los genocidas juzgados por ese caso. Entonces ahí la familia se empieza a desmembrar. Eso terminó generando el operativo. Rodearon toda la manzana y detuvieron a Álvaro que no entendía nada. Con Mario decidimos pasar a la clandestinidad. Nos escondimos en varias casas en Paraná. Después yo me fui a Buenos Aires y finalmente nos encontramos en Concordia, donde vivimos un tiempito. Hasta que en febrero de 1977 me detienen.
¿Querés contar cómo fue ese día?
Nos detuvieron en una casa en Concordia (a las afueras) donde estaba viviendo con una compañera, Beatriz Pfeiffer. Estabamos desconectados de la organización y Mario tenía una cita en Paraná y a la vuelta pierde el tren. Cuando a nosotras nos detienen pensé «Qué suerte que perdió el tren». En realidad con los meses lo secuestran y lo desaparecen en Rosario. De él no se sabe absolutamente nada cuál fue su destino. A mi me detienen en esa casita, con la Bea. Nos llevaron a un lugar que después supimos que era Donovan, una cancha de polo donde funcionaba un centro clandestino.
Ahí fui torturada durante toda la noche, fui violada. A mi compañera le pasó lo mismo. Hacen simulacro de fusilamiento, todos los horrores. Después, al otro día, nos trasladaron en un Falcon. Yo era bastante robusta y la Bea bastante flaquita. Íbamos esposadas, y la ponen a ella abajo en la parte de atrás del Falcon y a mi me meten encima de ella, y después arriba mio una máquina de escribir, Todo esto para bardearnos. También lo estaba el flaco Emilio Feresin que lo suben al baúl del auto, hoy está desaparecido. Yo salgo como testigo de que estaba vivo, o sea había sido secuestrado. Ahí nos trasladan a otro lugar en Paraná, cerca del predio de Los Berros (zona sur). Ahí estuvimos más o menos una semana, en un calabozo. El flaco (Feresin), estaba recontra torturado, vomitaba, tenía agujeros por todo el cuerpo. Un espanto. Nunca aparecieron sus restos.
Más tarde nos llevaron a los calabozos de Comunicaciones del Ejército, ahí estábamos solas. Esto era en febrero. Lo que recuerdo es el olor que tenía mi cuerpo, que después reconocí con los años, que es el olor a la adrenalina, al miedo, o al estrés máximo. Me pasó con la muerte de mi vieja. Bueno, ahí estamos en comunicaciones y después hacen un simulacro de fusilamiento, también me violan y nos blanquean. Entonces me llevan a la Unidad Penal N° 6. Estábamos hechas mierda las dos. Ahí nos encontramos con las compañeras. Nunca tuve consejo de guerra. Estaba detenida bajo el Poder Ejecutivo Nacional. No era una presa legal. Estuve detenida desde el 26 de febrero hasta el 8 de marzo, cuando me blanquean en UP6, y después me liberan el 8 de octubre de 1977. Dos fechas significativas: el día de la mujer y la muerte del Che. Cuando me liberaron fue con libertad vigilada. Tenía que presentarme todas las semanas en el comando militar e informar qué estaba haciendo.
En una entrevista, cuando encontraron al nieto 140, dijiste que no es lo mismo libertad que verdadera libertad. ¿Qué significa eso?
Cuando salís, salís con miles de mambos. Seguís detenido de otra manera. Tenés la culpa de estar vivo cuando muchos compañeros fueron asesinados. No es libertad, porque primero nosotros éramos los parias de la sociedad, el trabajo, como tenemos hoy, el trabajo cultural, mediático, en contra del subversivo/asesino estaba instalado. Entonces nosotros, primero que estábamos aislados, de ser casa-pueblo en Paraná, pasó a ser una casa que se cerraba con llave la puerta, pasó a tener otro simbolismo el tema de la familia. Fernando desaparecido desde el 13 de diciembre del 76 y Gustavo se exilia en Brasil con su familia. Entonces, en ese desmembramiento de la familia, yo tengo que volver a mi casa, compartir con mis hermanas y mi vieja, porque estaban separados mis padres. Yo estaba en un raye muy interesante, con todas las secuelas habidas y por haber. Por eso te digo que la libertad no la conozco. En realidad estaba más libre dentro de la cárcel, en el tema del compañerismo y las cosas que hacíamos.
¿Ahí tenías una identidad clara?
Identidad y ternura. Había más libertad por el compañerismo. Algo muy fuerte: la ternura de la militancia. Nos sosteníamos entre compañeras. La resiliencia, la resistencia y la ternura. Porque nosotros éramos compañeras, éramos amigas, compinches, hermanas.

Hoy se habla mucho de salud mental. En ese momento había un Estado que perseguía. ¿Cómo se vivía subjetivamente esa situación?
Creo que esa frase de sálvese quien pueda y finjamos demencia y sigamos adelante, es real. Uno se va armando como puede. Nosotros veníamos de una fortaleza de principios y de haber conocido a grandes militantes, a grandes personas, de poder lograr el hombre y la mujer nuevos, el desafío diario, cotidiano, por ser mejores. Nosotros teníamos que ser ejemplos de lucha. Eso era un mandato de los 70. Sabíamos que podían matarnos, torturarnos o violarnos. Esa conciencia la teníamos. Pero no imaginábamos la dimensión de lo que fue la dictadura. En mi caso, el contacto con las compañeras en la cárcel fue una contención afectiva muy fuerte. Cuando salí no sabía qué hacer con mi vida, así que me refugié en el estudio.
¿Cómo ves hoy la presencia de la duda, de lo destructivo en el discurso político?.
Mirá, nosotros venimos del horror más terrible, que es el tema que te desaparezcan, que te torturen, que te maten. Fue el hacernos bolsa, cómo le hicieron, y destruir un país como lo destruyeron, porque la dictadura fue un antes y un después. Hoy se está profundizando, que lo más terrible que vemos es que haya llegado la derecha más fascista y nefasta por el voto popular. ¿Qué nos pasa? Esta es otra sociedad. Es otro mundo. Pero también existen lo que yo llamo ríos subterráneos de lucha: procesos silenciosos que siguen sembrando conciencia, van cosechando y uniendo pedazos.
¿Y cómo ves la subjetividad de estos tiempos?
Hoy hay una ausencia de referentes y de confianza. De creer, de tener esperanza. Se ha instalado la idea de que nada puede cambiar, que todos los políticos son corruptos. Hubo mesetas políticas, esto del pejotismo con cargos, la militancia que paga con cargos; nosotros jamás pensamos en cargos, nosotros queríamos cambiar el mundo. Han calado tan hondo con ese mensaje de que esto no puede cambiar, de que los políticos son todos corruptos, porque hay fundamentos, obviamente, pero están profundizados esos fundamentos ¿Para qué? Para tenerte aislado. Esta ideología quiere cada vez más analfabetismo político, cada vez más descreimiento y por lo tanto aislamiento. Cada vez más tristeza. Y la tristeza es el peor enemigo de cualquier transformación social.
¿Qué idea te gustaría transmitir?
La clave es volver a encontrarnos como seres humanos. Estar juntos, caminar juntos, llorar juntos si hace falta, pero no aflojar. Porque eso es lo que quieren: que nos paralicemos. A pesar de mis 67 pirulos y de haber tenido muchas enfermedades, sigo empecinada en cambiar este mundo. Porque es posible. ¿Cómo? No se, recetas no hay. Podemos buscar ejemplos, formarnos, estudiar, conocer y demás. Pero la cuestión está en nosotros, en el compromiso que tengamos, como contagiamos la esperanza y la alegría, la felicidad. En el peronismo, mal que le pese al que no es, siempre el eslogan fue la alegría. No la de Palito Ortega. La alegría en la militancia, sembrada desde el amor más grande que le tenemos a la humanidad. La bandera de los 30 mil no es nostálgica. Fueron hombres y mujeres que dieron la vida porque otro mundo. Y la única manera de construirlo es con amor, ternura y compromiso colectivo.

