Modernismo reaccionario y futuros en las nuevas derechas

TEXTO OSVALDO VARTORELLI

 

 

“Supongo que lo que quiero hacer es convertir la Ciencia Ficción en un hecho científico”.

Elon Musk, intervención en el World Economic Forum, Davos, enero de 2026.

 

“Mientras que los hard parties de principios del siglo XX solo podían coordinarse con uniformes, en la calle, los de principios del siglo XXI solo pueden coordinarse a través de píxeles en una pantalla (…) El partido del futuro será una aplicación”

Curtis Yarvin, “The situation and the solution”, Gray Mirror, diciembre de 2025.

 

“Eso se haría fácilmente con una computadora. Y la computadora podría programarse para tener en cuenta factores como la juventud, la salud, la fertilidad sexual, la inteligencia y un conjunto de habilidades estimadas necesarias. Claro que sería esencial que la cúpula del gobierno y del ejército sea incluida para fomentar e impartir los requeridos principios de liderazgo y tradición.”

Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Stanley Kubrick, 1964

 

 

Una de las postales más recordadas de 2024 es la de Elon Musk dando saltos y risotadas en uno de los mitines MAGA (Make América Great Again – Que Estados Unidos vuelva a ser grande), poco antes de que Donald Trump resultara electo presidente por segunda vez. A priori, era notable que el hombre más rico del mundo pusiera sus máximos recursos y empeño al servicio de un proyecto político restrictivo, capaz de llevarse puesta a las instituciones norteamericanas, y además lo promocionara sin tapujos. La escena se vio reforzada en enero de 2025 cuando los cabecillas de Silicon Valley asistieron en primera fila a la asunción en el Capitolio para rendir pleitesía y obediencia al magnate estadounidense. Y por si fuera poco, Musk ofreció una polémica exhibición levantando el brazo en alto al final de un discurso, gesto que muchos aludieron al saludo fascista. El retrato de los tecno-oligarcas es una buena oportunidad para revisitar el concepto modernismo reaccionario, su naturaleza ideológica y relación con las mutaciones de las nuevas derechas globales. También nos lleva a tomar distancia de interpretaciones que afirman la ausencia de horizontes de futuro en estas expresiones, identificando, en cambio, sus fuertes rasgos programáticos y utópicos. Esto subyace particularmente en apoyos intelectuales como el Arqueofuturismo de Guillaume Faye y la Neorreacción, representada sobre todo por Curtis Yarvin y Nick Land.

 

Referentes de Silicon Valley en el Capitolio durante la asunción de Donald Trump en enero de 2025

 

El modernismo reaccionario

El término fue creado por el historiador Jeffrey Herf en su obra Reactionary Modernism: Technology, Culture, and Politics in Weimar and the Third Reich (1984), para describir el pensamiento de ciertos intelectuales alemanes, exponentes de la Konservative Revolution (que popularizó el suizo Armin Mohler en su tesis doctoral). Éste se encarnó, principalmente, en Ernst Jünger, Oswald Spengler, Ernst von Salomon, Carl Schmitt, Hans Freyer y Werner Sombart, quienes propusieron una síntesis entre técnica y formas autoritarias de organización; la modernización mientras impugnaban el racionalismo ilustrado y el liberalismo político. Un “romanticismo altamente tecnológico”, según Thomas Mann, en aquel momento aún entusiasta del nacionalismo germano. Cabe decir que este fenómeno no fue solamente alemán, como lo demuestra la cercanía con el futurista italiano Filippo Tommaso Marinetti. El manifiesto artístico de su movimiento exaltaba la violencia y la destrucción como «la única higiene del mundo». Un desatado vitalismo antiburgués que apostaba a la seducción y fulgor de la máquina.

En este sentido, la República de Weimar (1918-1933), sucesora de la Alemania imperial guillermina, condensaba todos los males al ser leída por estos intelectuales como el resultado de la derrota y humillación nacional, un experimento democrático ligado al fracaso, pero, paradójicamente, una atmósfera fértil, un laboratorio político para ideas y lenguajes que habían germinado previamente en la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Como sugirió atinadamente George Mosse, se trató de una de las principales consecuencias de la brutalización, cuya experiencia traumática socavó la confianza burguesa en la estabilidad y el progreso del siglo XIX, incentivando reflexiones sobre el papel de la ciencia, el rol de los ingenieros, la reorganización social frente al industrialismo y el desafío del socialismo marxista, así como la «movilización total», tematizada por Jünger en Tempestades de acero (1920) y El trabajador (1932).

Desde comienzos del nuevo milenio, y a partir de la crisis financiera de 2008, se ha ido cristalizando un conjunto de fuerzas políticas que, bajo la nomenclatura de «nuevas derechas», ponen en jaque los consensos establecidos tras la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría. Asimismo, se han visto impelidas por la coyuntura de la pandemia del Covid-19. Como dijimos, originalmente el concepto modernismo reaccionario fue desarrollado para explorar los antecedentes intelectuales y culturales del nazismo, pero ofrece una óptica interpretativa para comprender parte de la matriz ideológica de estas derechas emergentes. Para nuestro caso, las inscribe en un pedigrí de proyectos que, lejos de oponerse a la modernidad per se, buscan relanzarla en un sentido antiprogresista. En muchos de sus referentes políticos (Javier Milei, Donald Trump, Giorgia Meloni, solo por mencionar algunos) se apela a la familia tradicional, la nación soberana y la religión como baluartes y repulsa a un mundo relativista. Reivindicados simultáneamente con el dinamismo del libre mercado y la privatización. Esta convergencia se manifiesta con claridad si atendemos a la afinidad de sus líderes con los exponentes del mundo tecnológico, como Marcos Galperin, líder de Mercado Libre; Peter Thiel, el cofundador de Pay Pal y Palantir, y Elon Musk, dueño de Tesla y SpaceX, quien durante el segundo mandato de Trump estuvo a cargo de DOGE (Department of Government Efficiency), una oficina dedicada al recorte estatal.

Si bien este cruce puede generar tensiones —tal como se desnudó en la salida de Musk y enfrentamiento público con Trump—, habilita un fusionismo que congrega en un mismo espacio a actores disímiles. En este sentido, afloran armadores como Steve Bannon, ideador del lema trumpista Make America Great Again, que no se limitan al plano político y económico, sino que irradian sobre la esfera cultural, ideando símbolos y una estética provocadora en redes sociales con memes y trolling. Trump lo ha capitalizado con imágenes generadas por inteligencia artificial, en las cuales se teatraliza como un Papa, o Master Chief, el héroe de la épica espacial Halo. Esta lógica, en sí misma, no es tan novedosa; la consolidación de internet a finales de la década del noventa trajo la irrupción de blogs y foros, pero el acceso masivo de nuevos usuarios en el siglo XXI amplificaron al infinito estas dinámicas. Plataformas como Instagram, YouTube y X son motorizadas por los influencers, funcionando como espacios interactivos para tejer sociabilidades que traspasan fronteras e idiomas. Esto se inserta en la denominada batalla cultural, la cual apunta a deslegitimar a un conjunto de adversarios —como el multiculturalismo, el ambientalismo, el feminismo y las minorías sexuales—, agrupados bajo rótulos como “wokismo” y “marxismo cultural”. Huelga decir que para otros autores tiene correspondencia con la metapolítica, la incidencia en las condiciones culturales de una sociedad antes que la acción electoral. Empero, las nuevas derechas también portan con efectividad lo que Paul Virilio llamó «dromocracia»”, un persistente estado de urgencia signado por la velocidad y una inmediatez espectacular. Si Milei pone lo urgente inundando incesantemente la agenda cotidiana de decretos presidenciales que anuncian «motosierra», Trump lo hace con la persecución de inmigrantes por parte de los agentes de ICE, o transmitiendo ejecuciones extrajudiciales de supuestos contrabandistas de droga. A la vez, la retórica suele dirigirse contra instituciones académicas que son denunciadas como engranajes del Deep State y la Casta. Refugios donde, según sus supuestos, subsistiría un establishment sin ningún tipo de control.

 

Portada del libro Modernismo reaccionario de Jeffrey Herf

 

La dimensión afectiva es potable para comprender parte de su atracción, especialmente entre sectores frustrados por las promesas incumplidas de las democracias occidentales, erosionadas, vale decirlo, por el desmantelamiento del Estado de Bienestar y la llegada del capitalismo post industrial, como ha documentado holgadamente la sociología y la filosofía contemporánea: individualismo y atomización social, vínculos efímeros, autoexplotación, desarraigo existencial y creciente precarización laboral. En ese horizonte de expectativas, toman relevancia los diagnósticos decadentistas de pensadores de la primera mitad del siglo XX como Arthur de Gobineau, René Guénon y Julius Evola. Un zeitgeist que, ciertamente, se ha visto representado en los trabajos literarios de Michel Houellebecq y Thomas Ligotti, y, si se quiere, a través del sombrío cine de David Fincher. En el revival de la «política de la desesperación cultural», tomando una expresión del historiador Fritz Stern, no son disonantes las reflexiones de Peter Thiel, quien en su ensayo The Straussian Moment (2007) afirmaba que el impacto de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 dio lugar a una reconfiguración temporal y socio-política contemporánea, señalando la ingenuidad del liberalismo (la tesis del «fin de la Historia», de Francis Fukuyama) ante las contiendas geopolíticas venideras, o sus intervenciones más recientes sobre el Anticristo y el katejón. Precisamente, una de las paradojas en los modernistas reaccionarios es la coexistencia de una nostalgia restauradora con un impulso aceleracionista hacia el futuro, lo cual parece pergeñar la radicalización de las lógicas del capitalismo para, a partir de las posibilidades que se despliegan, llegar a una singularidad que instaure un «nuevo orden». Dicha operación puede pensarse como una palingenesia, siguiendo a Roger Griffin, esto es, la búsqueda de un renacimiento catártico y purificador. O como nos recordara el Joker en The Dark Knight, «la locura es como la gravedad, basta con un pequeño empujón».

 

Peter Thiel en una conferencias de Palantir

 

Arqueofuturismo, Neorreacción y Ciencia Ficción

El Arqueofuturismo de Guillaume Faye es el primer ejemplo que tomaremos. Integrante prominente de la Nouvelle Droite francesa y del think thank GRECE  (Groupement de recherche et d’études pour la civilisation européenn) junto con el filósofo Alain de Benoist —aunque más tarde se distanciarían—, Faye elaboró a comienzos del siglo XXI un proyecto que proponía combinar el avance científico-tecnológico con la recuperación de valores ancestrales. Algo que caracterizaba como un tiempo de «dos velocidades»; una tecnocientífica y otra de tipo rural. El modelo se sustentaba en un rechazo a la inmigración y la globalización, consideradas catalizadores de la destrucción de Europa al anular las diferencias entre las poblaciones, promoviendo una homogeneización forzada que, lejos de un éxito, derivaba en permanentes conflictos internos. En ese sentido, enfatizaba la defensa de una identidad fundada en las raíces indoeuropeas, con la reivindicación de un pasado «precristiano»; es decir, un neopaganismo que se opusiera al cristianismo hegemónico, especialmente en su faceta ecuménica post Concilio Vaticano II al que responsabilizaba del suicidio occidental. Para el francés, el óbito de esta civilización, inevitable debido a una sucesión de crisis y catástrofes climáticas, económicas y epidémicas, podría despejar el camino hacia una nueva era en la que la biotecnología y la conquista del cosmos convivieran con espacios exclusivos para los grupos étnicos. La noción de arcaico se resignificaba, entonces, como arché; el comienzo o principio originario. No obstante, esta vía no planteaba una regresión al pasado, sino su «superación» a través del espíritu prometeico/fáustico del conocimiento tecnológico. Ya en la primera edición de LArchéofuturisme (1998), Faye imaginaba una «Federación Euro-Siberiana»”, que reemplazara el Estado-Nación, y que integrara a Europa y Rusia para hacer frente a amenazas del «Sur global» (sobre todo de África y Asia), anticipando ilusiones geopolíticas que hoy anidan en la derecha radical europea y en las ideas neoimperiales del filósofo ruso Alexander Dugin (influyente en los círculos nacionalistas y halcones del Kremlin). Estas premisas continuaron en Archeofuturism 2.0 —publicado en inglés por Arktos, editorial nodal de la Nueva Derecha transnacional y la alt-right estadounidense—, recurriendo a la ficción especulativa para narrar ciclos de destrucción y regeneración. En este relato, lo arcaico, expelido por la modernidad liberal, reaparecía al final de milenios bajo un retorno mítico de los “Titanes” (concepción inspirada por Ernst Jünger), destinados a imponerse nuevamente sobre los hombres.

 

Portada de la edición del libro de Faye a cargo de la editorial Arktos

 

La segunda rama puede hallarse en los postulados de Nick Land y Curtis Yarvin (el nombre real de Mencius Moldbug), teóricos neorreaccionarios inseparables de la era 2.0 con los blogs Xenosystems y Unqualified Reservations/Gray Mirror. En el caso de Land, su aceleracionismo se nutre fundamentalmente de trozos de Georges Bataille y Gilles Deleuze. El tecnocapitalismo, asumido como una inteligencia inorgánica, disuelve todo a su paso en flujos desterritorializados. Desde esta perspectiva la democracia es un impedimento para su potencialidad y evolución ya que se sustenta en un presente ligado al consumo y gasto parasitario, imposibilitando la acumulación, la cual es clave para el futuro. Esta propuesta furibundamente antihumanista, se conjuga con el radicalismo post-libertario de Yarvin, quien recomienda un tipo de monarquía (el tecnocapitalismo estaría repleto de «pequeñas monarquías» como Apple y Microsoft), en la que la democracia (un virus) sea desechada por un sistema de gobernanza privada. Por eso mismo, los embates se dirigen a desmantelar «La Catedral”», concebida como una extension descentralizada de instituciones educativas, periodismo, y burocracias que actúan como un discurso que censura y propaga lo «políticamente correcto». Debido a que no se puede cambiar la mente de sus integrantes, la intención es reducir al mínimo posible, o bien acabar con estos reductos mediante despidos, congelamientos y asfixia financiera (en esta lógica, las embestidas de Trump y Milei contra las universidades cobran sentido).

Uno de los objetivos, en efecto, es la instalación de un «neocameralismo». Inspirado en el culto a los «grandes hombres» de Thomas Carlyle, Yarvin auspicia un gobierno de CEOs, que desplace definitivamente a los procesos deliberativos. Se rige por la estrategia de «No Voice-Free Exit» lo cual significa que los individuos, pensados como clientes, podrían optar entre un «mercado» de estados, pero sin derecho a votar una vez dentro. Se trata también de crear ecosistemas privados donde híperricos podrán establecer sus propias reglas y leyes, sea en islas privadas o en bases ubicadas en otros planetas. Como dijimos, Yarvin profesa una especial devoción por las corporaciones de Silicon Valley, cuya expansión digital sin limitantes decanta en lo que Éric Sadin ha denominado la “siliconización del mundo”. En paralelo, Land —residente en la ciudad de Shanghái luego de abandonar la enseñanza universitaria en Gran Bretaña— prefiere inclinarse hacia el modelo de China y los pequeños estados asiáticos como Singapur, que, motivados por la competencia tecnológica, coinciden con una autocracia unipartidista que ejecuta las decisiones. Para Land el gigante chino es una modernidad revitalizada a partir de un «núcleo etnogeográfico», sin las estructuras decrépitas de su contraparte. Básicamente, piensa a sus urbes masivas como aceleradores de la IA. Disciplina y administración eficiente despojada del «exceso» democrático que ha traído la ruina occidental y que ha producido un «estancamiento» (idea muy presente en Peter Thiel). Como asevera en sus escritos, la fortaleza de China es que es ajena a «La Catedral».

 

Nick Land

 

Sin desconocer sus contextos nacionales de producción, tanto el Arqueofuturismo como la «Ilustración Oscura» —así pondera Land a la Neorreacción— constituyen variantes aggiornadas y vitaminadas del modernismo reaccionario. En primer lugar, refutan el universalismo e igualitarismo, pilares de la Ilustración del siglo XVIII, y dan por hecho que «Occidente» se encuentra inmerso en una fase metastásica de su historia, repudiando cualquier idea de progreso indefinido. El foco es la necesaria desigualdad entre los seres humanos. Otro eje es la condena a la democracia como estéril; al modo de los reproches de Charles Maurras, se la concibe como un régimen que vive del despilfarro de lo gestado por los períodos aristocráticos, que carecería de capacidad de innovar ya que, como le gustaba decir al provenzal, «la producción, la acción, piden un orden potente». Empero, en contraste con los monárquicos ultramontanos al estilo de Joseph de Maistre, o del más entrañable Ignatius Reilly, visualizan una «salida» hacia adelante. En ambos, la ruptura que se postula no se justifica únicamente en nombre de una tradición inventada o la vuelta a un pasado idealizado, sino a partir de una racionalidad tecnopolítica, que trata de refundar la sociedad mediante élites que diriman sobre las masas. Se procede a mistificar y sacralizar la tecnología que controlan unos pocos iniciados sobre poblaciones que se consideran corruptas y poco hábiles. Consecuentemente, es una herramienta de control y optimización —en el caso neoreaccionario, parecido a las actualizaciones de los sistemas operativos y los parches de videojuegos—, cuya finalidad es reforzar jerarquías de distinta índole; que superhumanos modificados en sus genes y órganos o grandes civilizaciones puedan escaparse de una humanidad atada al fracaso y/o próxima extinción. Una de las diferencias es que en el Arqueofuturismo dicha racionalidad está subordinada a la primacía de la política, que busca recomponer las condiciones para un renacimiento de tipo étnico/civilizatorio. A su vez, supeditan la tecnología a la «Tradición», primando lo sacro y trascedente. La Neoreacción, en cambio, se vuelve dependiente de los designios de los poderes económicos, con el aliciente de que el racismo eurocéntrico se ha desgastado ante el evidente éxito y consolidación de China como superpotencia y motor del crecimiento económico mundial.

La columna vertebral de estos discursos es la «futurización», la cualidad de proyectar la imagen de un futuro, en los términos de Ezequiel Gatto (2018). Para los neorreaccionarios conjeturados por Nick Land, el aceleracionismo es una «fuga» hacia un futuro regido por una «tricotomocracia»”, una coalición entre teonomistas, etnonacionalistas y tecnocomercialistas, los cuales ocuparían los resortes y llaves gubernamentales. Tal y como señaló Fredric Jameson en Arqueologías del futuro (2005), las producciones de ciencia ficción operan como un prisma a través del cual es posible analizar horizontes de expectativas. No es llamativo que se tenga una sintonía con la ficción literaria, y que eso acompañe la especulación teórica. Land, que llama a esta mezcla «hiperstición», encuentra fascinación en la mitología cósmica de H. P. Lovecraft (muy presente en su ensayo de Abstract Horror y la entidad del shoggoth que absorbe e imita como pulsión del dominio del capital económico) y no podemos omitir su experiencia pionera con el género cyberpunk en la Unidad de Investigación de Cultura Cibernética de Warwick en la década del ochenta, los mismos años en que irrumpía William Gibson con su novela Neuromante. En sus formulaciones, la propuesta neorreaccionaria se aproxima a escenarios distópicos como los imaginados en Dark City (1998), The Matrix (1999), Metal Gear Solid 2: Sons of Liberty (2002), dirigido por Hideo Kojima, así como en el relato El peatón (1951) de Ray Bradbury. Así, Yarvin ha llegado a sugerir el confinamiento de poblaciones de «indeseables» en entornos digitales, anestesiados y mantenidos en sumisión.

Por su lado, Peter Thiel, al igual que Javier Milei (recordar sus referencias a los opositores como «orkos»), Georgia Meloni y, bastante antes, los neofascistas de los campamentos hobbit y los tradicionalistas católicos argentinos, se empapa de J. R. R. Tolkien e inclusive lo ha trasladado a la marca registrada de su empresa de seguridad militar y análisis de datos Palantir: las piedras esféricas videntes que despertaban el interés de Sauron. Pero más allá de la discusión sobre las preferencias ideológicas que tuvieron los escritores (Tolkien un conservador católico antinazi, y Lovecraft un aristocrático y racista visceral como bien sostiene Houellebecq en su introducción biográfica) se trata de infatigables hacedores de universos que suministran repertorios identitarios. Por eso mismo, sus producciones literarias, que no dejan de ser polifónicas en el sentido bajtiano, son susceptibles de circulaciones y recepciones políticas. Los tópicos y tematizaciones, que refieren a la debilidad de los hombres modernos frente a dioses desterrados y razas alienígenas perdidas en el tiempo, la inmortalidad y las luchas eternas de las fuerzas del bien contra un mal absoluto, son sumamente cautivadoras para el canon de las derechas. Aunque excede los límites de este trabajo examinar en detalle todas las apropiaciones puede recordarse, a modo ilustrativo, el caso del etnonacionalista Greg Johnson. En su blog Counter-Currents, dio una controvertida lectura de la novela Dune de Frank Herbert como ejemplo arqueofuturista. Johnson reconocía el trasfondo de la novela con las sensibilidades contraculturales de los años sesenta —como lo eran la ecología, el uso sustancias alucinógenas y las luchas anticoloniales—, pero, al mismo tiempo, rescataba para el programa ulterior de la Nueva Derecha la utilidad del neofeudalismo político, la elite militar de los Sardaukar y Fedaykin, la resistencia corporal de los Fremen del planeta Arrakis y las prácticas eugenésicas de las mujeres de la Hermandad Bene Gesserit.

 

Portada de La Ilustración Oscura de Nick Land

 

Recapitulación «The future is not set”

Para finalizar, problematizar a las nuevas derechas desde el registro del modernismo reaccionario permite evitar ciertos abusos semánticos. Tal vez es una mejor opción que homologarlas con el resurgimiento liso y llano del fascismo clásico. Como afirman los historiadores Emilio Gentile y Federico Marcon, hoy es una trillada equiparación con mayor uso peyorativo que rigurosidad analítica; un concepto de trinchera que además tiene escasos resultados políticos. No obstante, tampoco descuida sus reminiscencias históricas y genealogías, ya que es una advertencia de los dilemas y peligros que entraña la promiscua alianza entre el capital corporativo y las ambiciones de sectores políticos antidemocráticos. Pero como intenté explicitar, creo que el concepto puede resultar útil para captar algunas de sus paradojas y pliegues. En primer lugar, la modernidad en la que vivimos no es un proceso lineal ni uniforme, sino de caminos posibles. Por consiguiente, se trata de una contra-modernidad o modernidad alternativa, antagónica a la herencia de la Ilustración y los valores que ha delineado. En segundo término, parte de su potencia radica en realizar una crítica disruptiva del presente y una creativa (y perturbadora) imaginación del porvenir, un terreno que, salvo excepciones, el conjunto de las izquierdas ha tendido a desocupar en las últimas décadas. Dicho en otras palabras, el declive utópico de unos ha sido proporcional a la fabricación de futuros desde el espectro de las derechas.

Mientras se terminan de escribir estas líneas, la cuenta oficial de la Casa Blanca, en los comienzos de una nueva agresión imperial en el siglo XXI (con consecuencias todavía inciertas para el mundo), está presentando sus operaciones militares ante el público aludiendo al videojuego Call of Duty. En el mismo escenario, la empresa Palantir presta sus servicios de IA en la identificación de objetivos. Las repercusiones llegan a la propia Argentina, como la muestra la reciente visita de Peter Thiel, para entrevistarse con Javier Milei y residir en el país para estudiar de cerca la política del libertario. Una prueba que confirma que el modernismo reaccionario, sea en un plano literario/especulativo o en la acción política concreta, es una expresión vigente y preocupante de nuestro tiempo.

 

 

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