El frasco medio lleno

TEXTO JULIÁN FRANCO

 

 

La percepción en torno al cannabis ha cambiado. Hace 20 años hubiera sido impensado que una familia, mientras cenaba, observara en la televisión la publicidad de cremas con cannabidiol (o CBD). Aunque es cierto que hay límites, como el hecho de que en ningún momento este tipo de marcas mencionan la palabra “cannabis” y menos aún “marihuana”, algunas empresas incluso se animan a introducir en los packagings chalas decorativas.

Esa asociación de la planta con la salud también puede observarse dentro del mismo movimiento cannábico: en el festival cultural “Sembrando libertades” que se llevará adelante este sábado 2 de mayo en Paraná en el marco de la Marcha Mundial de la Marihuana que partirá desde la Plaza Mansilla a las 15 y se dirigirá por calle Alameda de la Federación hasta llegar al Monumento a Urquiza. En este punto de reunión habrá, además de diferentes números artísticos, puestos feriantes y hasta un concurso de disfraces, un punto de acceso a la salud con médico clínico, psicólogos, psiquiatras y hasta asesoramiento veterinario.

Pero este maridaje entre salud y marihuana es más bien reciente, y se explica por todo el proceso que se cristalizó en el marco normativo del uso terapéutico de la planta: la ley de cannabis medicinal, de cáñamo industrial y sus reglamentaciones.

Estos cambios jurídicos se dieron por la alianza militante que se formó entre cultivadores/as y pacientes o familiares de pacientes. Esta sociedad, antes de solidificarse para dar la batalla en el plano legislativo y de la opinión pública, se fue cocinando de manera lenta.

De un lado, cultivadores clandestinos que con los años fueron generando conocimientos empíricos a partir de experimentar con sus propios cuerpos; o revistas, como la THC, que divulgaba las escasas investigaciones científicas realizadas en todo el mundo sobre una planta difícil de estudiar por su estatus legal. Del otro, personas con padecimientos diversos que no encontraban respuestas satisfactorias en los tratamientos médicos tradicionales. Tuvieron que romper muchas veces sus propios prejuicios en la desesperación que supone sufrir o ver cómo sufre un ser querido. Pero si “la necesidad tiene cara de hereje”, en este caso estos heréticos encontraron una congregación que los alojara: los cannabicultores.

Un caso que ejemplifica este tipo de contactos fue el de Josefina, una niña de Villa Gesell con Síndrome de West: los cogollos llegaron a manos de la familia por parte de padres de una ex alumna de la mamá de Josefina.

La información fue circulando, sobre todo en familias con niños y niñas con epilepsia refractaria, y con ella su utilización. Así, el activismo cannábico pronto entendió que la causa por la despenalización de la tenencia podía virar parcialmente, poniendo foco en el uso terapéutico. La consigna “basta de presos por plantar” no se abandonó, pero en la Marcha Mundial de la Marihuana de 2016 realizada en CABA la principal bandera fue la de la legalización del uso medicinal y en ella el protagonismo lo tuvieron pacientes y sus familiares.

 

 

Ejes del debate

Una vez que se instaló el tema y el tratamiento del proyecto de ley se hacía inevitable, comenzaron a circular discursos a favor y en contra, tanto adentro como afuera del recinto. Si bien se iba generando un consenso implícito (a saber, que la planta tenía potencial medicinal) las disputas giraron en torno a varios ejes:

El primero, el vinculado a la efectividad y la evidencia: ¿quién puede definir que un medicamento es eficaz? ¿Qué evidencia lo respalda? De un lado se encontraban aquellos discursos que sostenían que debía avanzarse primero en la consecución de más pruebas científicas. Del otro lado, las familias sostenían que no podían esperar los tiempos de la ciencia, cuando de primera fuente notaban mejoras. Como sintetizó Valeria Salech, presidenta de Mamá Cultiva Argentina, ante los legisladores: «mi prueba tiene que ser igualmente válida porque está fundada en mi testimonio: es la sonrisa del nene cuando lo voy a despertar a la mañana. Antes tenía un hijo babeándose y golpeándose la cabeza contra la pared; (…) Hoy tenemos hijos felices que van a la escuela cantando, hijos que pueden andar en bicicleta». (Reunión del 14/06/2016. Comisión permanente de Acción Social y Salud pública. Honorable Cámara de Diputados de la Nación. https://www.diputados.gov.ar/comisiones/permanentes/casyspublica/reuniones/vts/vtcom.html?id=).

El segundo eje giró en torno a la prescripción: ¿quién debe autorizar el suministro de cannabis a cada paciente? Mientras que la mayoría de las voces médicas sostenían que dejar que las familias suministrasen el tratamiento «indudablemente resultaría en un ejercicio ilegal de la medicina» (Sixto Bermejo, 23 de noviembre de 2016, Diario de sesiones. Honorable Cámara de Diputados de la Nación. 21° Reunión – 20° Sesión Ordinaria (especial)) las familias y pacientes argumentaban que, si siguieran esperando la prescripción de los médicos todavía al momento del tratamiento legislativo, estarían privados del tratamiento. Defendían la libertad de poder elegir este tipo de tratamiento como primera instancia, y no como opción final de una larga lista de opciones que implican tiempo y desgaste cuando no dan resultados.

Finalmente, el tercer eje se dio sobre cómo debía producirse. Fue el punto más controversial y el más crucial, porque no solo se trataba de un conflicto con la profesión médica, sino que también implicaba un conflicto con la ley de drogas. Nuevamente, los bandos se separaban entre quienes sostenían que el autocultivo y la preparación casera no eran viables porque era imposible separar de esa manera principios activos como tampoco respetar estándares de calidad. Del lado del oficialismo (por entonces: el macrismo) se ofrecía el abastecimiento público de productos importados como solución para la demanda. Las familias y pacientes defendían la vía del autocultivo porque sostenían que los productos estandarizados disponibles en el mercado muchas veces no servían para todos los casos: la experimentación con distintas genéticas, sea combinándolas o rotándolas, hace que sea posible adaptar los preparados para cada situación particular. También sostenían que los fitopreparados artesanales posibilitaban poner a jugar todos los elementos de la planta (cannabinoides, terpenos y flavonoides) para que se potencien de manera recíproca. Este “efecto séquito” no es posible en productos estandarizados.

 

Fotografía de El porrógrafo

 

Simplemente libres

A 9 años de inicio del tratamiento legislativo, el cannabis medicinal es un hecho y la reglamentación refleja el espíritu con el que se comenzaron a vincular cultivadores/as y pacientes, permitiendo –además del autocultivo– la figura del cultivador solidario como la de los clubes, asociaciones civiles que pueden plantar para abastecer de materia prima o derivados a sus socios. Si bien es cierto que los médicos se quedaron con el poder de prescripción del tratamiento (sin el cual no es posible cultivar legalmente), es significativo el margen de libertad que se le brinda al paciente para poder elegir cómo hacerse de la sustancia. La industria farmacéutica, que hubiera preferido acotar la producción dentro de los márgenes de los laboratorios, supo adaptarse para hacer negocios.

En un contexto de ajuste sobre la salud y de discursos de sálvese quien pueda, la experiencia de la marihuana terapéutica en Argentina muestra que la solidaridad no solo es humana, también es eficiente y sustentable. ¿Qué sería de los pacientes en la Argentina actual si la ley solo hubiese permitido el abastecimiento de preparados financiados por el Estado?

El boom medicinal supuso un alivio legal para la gran mayoría de cultivadores, que dejan de soñar pesadillas relacionadas con privaciones de la libertad. También supuso poner a la marihuana en la mesa familiar: porque ahora resulta que dejó de ser un problema de salud pública para transformarse en una solución de salud pública.

Ese es el vaso medio lleno. Lo que queda pendiente es dar el salto hacia la despenalización, para que los y las usuarias no tengan que proclamarse enfermas, sino simplemente libres.

 

 

 

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