Contrafestejo: protesta popular y callejera

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS STEFANÍA DE LA FUENTE LUCCA

 

 

El 12 de octubre de 1492, la expedición de Cristóbal Colón llegó al Caribe y ese acontecimiento fue el inicio de un proceso de conquista que afectó a todas las sociedades preexistentes y que se extendió posteriormente por el continente. En Argentina, durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen, el 12 de octubre fue instituido como «fiesta nacional» bajo la denominación de Día de la Raza. La conmemoración exaltaba la herencia hispánica y recurría al concepto de «raza» para imponer un relato de origen que contribuyera a construir una identidad colectiva al servicio de un Estado nación que buscaba borrar todo rastro de negritud y marronidad, y blanquear su propia historia de conquista, sometimiento y despojo.

Sin embargo, en América Latina el quinto centenario de la llegada de Colón se convirtió en escenario de una disputa pública entre las celebraciones oficiales del denominado «encuentro de dos mundos» y las organizaciones indígenas, campesinas y afrodescendientes, que denunciaban cinco siglos de represión de las lenguas originarias, evangelización forzada y silenciamiento de sus pueblos. No se trataba únicamente de revisar lo sucedido durante la conquista española, sino de cuestionar el relato desde el cual se había contado esa historia y cambiar el punto de partida.

La historia de la conquista puede parecer lejana, hasta que se la pone en diálogo con las discusiones del presente. Es sábado 10 de octubre de 2026 y en Paraná se cumplen 25 años de Contrafestejo, una protesta popular, callejera y colectiva que, como tantas otras manifestaciones en Argentina, reúne bombos, fuego, cantos, banderas y cuerpos dispuestos a ocupar la calle. El Contrafestejo es un reclamo bailado que no busca reproducir la ceremonia oficial, prolija y solemne, sino discutir la celebración de los poderosos con la potente herramienta de la fiesta del pueblo. 

Pasadas las 16, las escalinatas de la plaza Alvear (o San Miguel), sobre calle San Martín, se convirtieron en un anfiteatro. La Escuela de Artes y Música dio apertura al Contrafestejo con una interpretación de Rubén Rada que reunió tambores, vientos y un coro integrado por personas de distintas edades. Frente a los micrófonos, en la explanada, una carretilla cargada de ramas alimenta el fuego que tiene la tarea de templar los parches del chico, el repique y el piano, el pulso del candombe.

En la esquina de Juan de Garay y San Martín, otra ronda se prepara para iniciar el recorrido de dos cuadras que la separan de la plaza, donde ofrecerá su espectáculo final ante el público que, según su interés, puede elegir cómo vivir el Contrafestejo: acompañar a las agrupaciones de candombe y a las comparsas durante su llamada o esperarlas en la plaza para recibirlas.

Candombe Rejunte estrenó la pasarela improvisada, delimitada por los árboles de toronjas de calle San Martín y por vecinos y vecinas que bailan mientras esparcen los frutos caídos desde la vereda hacia el asfalto. Desde los balcones, las infancias que todavía no se animan a bajar saludan a quienes desfilan y frente a las bailarinas, una cuadrilla de fotógrafas y fotógrafos retrata cada gesto, rostro y movimiento de este encuentro.

Históricamente, el Contrafestejo estuvo protagonizado por comparsas y cuerdas de candombe, en consonancia con su propósito original de reivindicar a los pueblos originarios y las raíces afrodescendientes. Con el tiempo, la convocatoria se amplió para incorporar otras expresiones de la percusión popular, por eso en esta 25.ª edición la segunda agrupación en participar es la Batería Imperial, del barrio La Floresta. Vestidos con chaquetas verdes y rojas, al estilo de las escuelas de samba de Brasil, sus integrantes flamean banderas de los mismos colores e incorporan instrumentos como cuícas y agogôs, que aportan una sonoridad particular a la percusión de la agrupación.

De espaldas al director, que levanta los brazos con atención y despliega el lenguaje de señas del que depende la coordinación de los ritmistas, un hombre alto, vestido con traje negro, rompe la sobriedad del atuendo con un sombrero rojo a tono con su corbata y sus zapatos. Es el malandro, una figura del carnaval brasileño que representa la picardía callejera. A su alrededor, niñas y jóvenes recuperan pasos de la samba brasileña y del carnaval paranaense. 

 

 

A la Batería Imperial le sigue la Comparsa Merlyn, una agrupación con más de cinco años de trayectoria que, aunque hoy se presenta con menos integrantes, se hace sentir a su paso. Cuatro jóvenes ofician de pasistas, una de ellas baila con sandalias de taco alto y a su paso se despiertan comentarios entre quienes observan el desafío que supone moverse sobre esos zapatos. Pero no pareciera generarle mayores problemas, porque no deja de sonreir y lleva el pelo recogido en una cola alta y frondosa que acompaña cada movimiento de su cuerpo.

Desde lejos se distingue el estandarte de La Castillo – Justicia por el Juli. Sostenido por quien oficia de portabanderas, el lienzo alargado lleva el nombre de la agrupación, adornado con flecos anaranjados, verdes y blancos. En el centro, una figura dibujada a mano representa a un hombre con anteojos negros que toca el tambor. A su izquierda, una inscripción manuscrita, como surgida de un arrebato de inspiración, expresa: «Y tu recuerdo permanecido me está diciendo que no hay olvido. Breve es mi canto que no te olvida, piel y latido, piel y latido».

La imagen es la de Julián Castillo, un joven santafesino que falleció en marzo de 2023 mientras se encontraba bajo custodia policial. Su muerte evitable es producto de la no aplicación de la Ley Nacional de Salud Mental N.º 26.657 por parte de las fuerzas del Estado, por eso cada integrante de La Castillo lleva una remera negra con la inscripción «Justicia por el Juli» en la espalda. Antes de comenzar el recorrido, el conjunto guarda silencio. Entonces, una de las voces pronuncia su nombre «Julián Castillo» y las demás se suman al unísono: «¡Presente, ahora y siempre!». Entre el estandarte y la cuerda de tambores, mujeres vestidas de blanco y rojo bailan agitando las largas polleras blancas que dejan entrever alpargatas decoradas con moños rojos. 

 

 

El desfile intercala agrupaciones de candombe y baterías, separadas por una distancia que permite distinguir los sonidos de cada conjunto sin que se superpongan. Esta disposición también facilita que el público acompañe el recorrido hasta la plaza y regrese hacia el punto de partida sin perderse ninguna presentación. Sin embargo, el avance por las calles tiene sus pausas: durante algunas cuadras, el movimiento se detiene a la espera de que el espacio vuelva a habitarse. Para cuando llega Bololó Afrosamba ya son las siete de la tarde y el sol, tímidamente, comienza a descender bajo el color naranja y violeta del atuendo de las y los bailarines. En esta oportunidad, la agrupación está acompañada por integrantes de Samba Oeste Litoral, la tradicional comparsa del barrio El Sol, por bailarines de la Compañía de Danza Odara y por integrantes de Deriva Espacio, una propuesta cultural y terapéutica de la ciudad que acompaña a personas neurodivergentes y con discapacidad. Sus integrantes, sin pena y sin cansancio, fueron bailarines de frente de cada una de las agrupaciones que participaron de este Contrafestejo. 

La Batería Puro Swing lleva como lema ser «la más picante», y el rojo predomina en sus atuendos, cargados de adornos y detalles. La escuadra de bailarines que abre paso a los tambores combina el rojo y el dorado; ellas llevan grandes rosas en la cabeza, acompañadas por tiaras de piedras al tono, mientras que ellos lucen sombreros ornamentados. Samban, saltan y hacen flamear los abanicos que completan sus vestuarios. Pero lo más picante de la BPS no tiene que ver con su show, sino su sentido de familia, que es lo que los espectadores pueden ver alrededor de este desfile: padres y madres que sacan fotos, novios que filman el recorrido y hasta una bebé vestida de blanco, con un tutú rojo acompaña a la batería a upa de su mamá.

 

 

Mientras en Paraná se desarrolla el Contrafestejo, en Córdoba tiene lugar el 39.º Encuentro Plurinacional de Mujeres y Diversidades, un evento autoconvocado y apartidario que se realiza desde 1986. Allí se reúnen mujeres y disidencias de todo el país para visibilizar problemáticas, compartir experiencias territoriales y articular luchas frente a las desigualdades de género, las violencias y en defensa de los derechos conquistados. En sintonía con estas reivindicaciones, les integrantes de una cuerda transfeminista dan continuidad al desfile de esta protesta musical. Al llegar a la Plaza Alvear, comparten con el público mucho más que música, a capela corean una frase de la canción Vida de colores, de Aída Bossa: «No es blanca ni negra, es de colores. La vida es de colores, muchos colores» y coronan su presencia con antorchas de fuego que brillan en lo que ahora ya es la noche paranaense.

 

 

El Contrafestejo se acerca a su final, no sin antes disfrutar de Candombe Hormiga, una agrupación que llega desde Rosario, Santa Fe, y cuya presencia no es ajena a la historia de este encuentro. Sus integrantes visten el atuendo tradicional de los lubolos, figuras características del carnaval uruguayo. Llevan grandes sombreros de paja, tradicionalmente utilizados por los trabajadores rurales para protegerse del sol; dominós, largas capas que remiten a las vestimentas de la aristocracia colonial y sus bailes de máscaras, transformando la prenda en sátira; y alpargatas sujetas con cintas que se cruzan alrededor del tobillo y suben hasta la rodilla, lo que permite mantener el calzado firme durante las caminatas de las llamadas y los movimientos de la danza.

 

 

El cierre tiñe el cielo de verde. Llega la Batería NN, perteneciente a la comparsa Alma Verde de Paraná, con una multitud de participantes. La integran algunos ritmistas de las baterías que desfilaron previamente y tienen un espectáculo pensado para deslumbrar. Bajo la dirección de Exequiel Ibarra en los parches, el sonido de la cuíca despierta los hombros y las rodillas del público, que entran en un trance rítmico del que es imposible escapar y quedarse quieto. La NN tiene pasistas, bailarines, banderas y bengalas. Incluso aparece una calavera mexicana, un traje traído desde el carnaval de Gualeguaychú que un hombre lleva puesto mientras baila sin descanso detrás de la máscara.

La gente estalla: saca fotos, baila y acompaña el espectáculo. El pasista parece levitar en cada movimiento, mientras la pasista no deja de sonreír. Cuando los tambores dan su último suspiro, una mujer se acerca a ella para abrazarla y felicitarla por su despliegue. La bailarina le devuelve el abrazo y responde: «Gracias. Soy una privilegiada».

 

 

Ya se ha dicho aquí, la conquista parece un episodio distante hasta que sus huellas se reconocen en los debates que atraviesan el presente. Durante la década de 1990, las privatizaciones, la apertura económica, la desindustrialización de distintos sectores y el aumento del desempleo transformaron profundamente la sociedad argentina. La convertibilidad, durante la presidencia de Carlos Menem, desembocó en una crisis económica, financiera e institucional que tuvo su punto más crítico en diciembre de 2001. En ese escenario se fortalecieron las organizaciones territoriales, los movimientos de trabajadores desocupados, las asambleas barriales y otras formas de participación por fuera de los canales políticos tradicionales. Frente a la crisis, también crecieron las organizaciones comunitarias y las experiencias de producción cultural colectiva.

En ese contexto, recuperar las memorias históricamente marginadas adquiría una dimensión política particular: quién tiene derecho a contar la historia, quiénes aparecen en ella y quiénes quedan afuera. El Contrafestejo de Paraná, gestado en 2001, no fue una respuesta directa a la crisis, pero surgió en una época atravesada por el cuestionamiento con la propuesta de mantener viva la memoria de los pueblos que resistieron a la conquista y reivindicar sus culturas, sus identidades y sus formas de habitar el territorio.

En 2010, Argentina cambió la denominación oficial del 12 de octubre, que dejó de ser el «Día de la Raza» para convertirse en el «Día del Respeto a la Diversidad Cultural», como apertura a una mirada un tanto más crítica sobre la historia. Sin embargo, durante la presidencia de Javier Milei, el Gobierno nacional volvió a utilizar la denominación «Día de la Raza» en sus comunicaciones oficiales.

Las efemérides son dispositivos de memoria pública porque repetir una fecha, un ritual, un relato, contribuye a construir sentidos sobre el pasado. Por eso el Contrafestejo se realiza antes del 12 de octubre, como forma de reconocer el último día de libertad de nuestros pueblos que más de cinco siglos después, aún sufren el acecho de los poderosos que buscan blanquear los colores de una América Latina que aún late como el tambor. 

En esta Plaza entrerriana, a las ocho y media de la noche de un día frío de primavera, los ritmistas gritan de euforia y se abrazan entre sí; algunos lloran. Los cuerpos, todavía agitados, revelan el poder de esta protesta cultural que no necesita hacerse frente a Casa de Gobierno para afirmar su mensaje, porque lleva el pulso del sonar colectivo.

 

 

 

 

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